domingo, 10 de abril de 2022

mentira número 193: nadie lo sabía

Qué difícil es integrar esta amalgama de sentires y dolores y bellezas. Qué difícil, al menos, para mí, que parece que necesito generar ese enunciado, esa declaración contundente, irrebatible, y tatuármela en la frente y señalarla cada vez que alguien parezca querer saber cómo estoy, qué me pasa. Estoy bien, no estoy bien. Esto es lo que me sucede, y es terrible. Es esto lo que me sucede, y es maravilloso. Pero desde hace unos meses habito en la gama de colores que se despliegan entre el azabache y el blanco de la luz; en esa sucesión de días donde tienen cabida las penas más hondas y los bailes a media sonrisa, las contracciones de estómago y el éxtasis, las heridas húmedas en los dedos y cerrar los ojos para recibir al sol en la piel, los silencios tibios y los abrazos anchos y profundos como las fosas del mar. Aún me acostumbro a esto que cada vez se parece menos al extremo devenir de la adolescencia, a sumirse en la fatiga durante meses sin encontrarse en una misma, a vivir el verano como un estallido de estímulos y encarnar esa felicidad roja y palpitante hasta la muerte, hasta la muerte de la seguridad y de la reafirmación, hasta que vuelve el penar y así sucesivamente.

Últimamente conviven en mi espacio la calma anciana y el desahogo de la tregua con las ausencias palpitantes y los desgarros del primer desamor, de las primeras pérdidas, del primer gran desengaño que nace de darse cuenta de que todo, absolutamente todo se puede romper. Y por tanto, nosotros más que nada, y en especial esos nosotros que nos componemos radicalmente de todo lo que nos rodea. Integro en mí el hueco inmenso que sigue al estallido, como un socavón en el suelo tras una bomba; dejar ir la pelea deja mucho espacio libre. Ese espacio a veces se hace desolador, ese vacío se siente insulso. No sabía que podía añorarse la pena. Tampoco sabía que hay dolores que no se palian y que no desaparecen. Y sin embargo, al lado de esos dolores, de esas impotencias e incertidumbres, está el sol que entra en mi casa por las mañanas, las cervezas con las niñas en las plazas de Madrid, Madrid, mi Madrid bella que me recoge con las manos, están los sonidos del bombo cuadrado, las voces de las mujeres, las Mujeres que corren con los lobos, leer a Gloria en Las Vistillas, los colores que se dibujan en mis párpados cuando las luces verdes y rojas y azules de la discoteca inciden en mis ojos cerrados, bailar, bailar mucho y sudar bailando, está el mercado, los mensajes de mamá y mirarme con curiosidad y gusto al espejo. Mirarme al espejo y reconocer lo que veo, aunque me toque por lo tanto reconocer mis dolores. Reconocer que me han herido, y que no es incompatible con la belleza y la quietud. Que la vida damnifica, hagas lo que hagas para evitarlo, y que se puede construir sobre, con, desde ese daño. Que se puede amar sobre, desde, con lo que duele.

sábado, 25 de diciembre de 2021

mentira número 192: las mujeres suicidas

Romantizar el dolor como única forma posible de lidiar con él. Estoy enfadada con mi psicóloga. Me quitó el peso de mi necesidad de hacer algo con la pena, de querer paliarla, transformarla, usarla de alguna manera, encontrar por cualquier medio posible la manera de reducirla, atenuarla. Me dijo, “el dolor es inevitable”. Y yo me calmé. Y sólo me quedó sentir ese dolor. Y ahora me consume el alma, y me he dado cuenta de que llevo todos estos años necesitando menguar la pena porque si me la dejo sentir, me arranco el corazón. Me vuelo la cabeza. Me mato.

Este debe de ser un dolor parecido al de todas esas mujeres fascinantes, cuyas vidas dan para hablar durante horas en un podcast, sobre lo absolutamente bellas que eran, lo absolutamente irresistible que resultaba su presencia para todo aquel que había experimentado la inmensa suerte de cruzarse con ellas a lo largo de su vida. Todas esas que acaban drogadictas, lobotomizadas o suicidándose. Ese dolor de techos altos y suelos de madera, de música instrumental y fuego de vela, de mirar hacia arriba, de suspirar de vez en cuando como si se quisiera expulsar de los pulmones un aire contaminado y ardiente, ese dolor que sólo la lluvia entiende, ese dolor de fular, de otoño, de vigilia, de felino, de sustancia estupefaciente, de silencio que dura horas y noches que duran siglos. Ese dolor que yo romantizo ahora como tantas otras hicieron antes, sólo porque era lo único bello que podían hacer con él. Sólo por sentirse menos miserables; menos solas. 

Estoy también enfadada con todo aquel que me ha hecho creer que la soledad es algo cálido para el corazón. Que vivirla empodera, fortalece, recompensa, sana, reconforta. O quizás es mi soledad, que está manchada. Rotita. Yo no consigo no sentirme abandonada en ella. Y eso me lleva odiar a la yo de hace seis días que afirmaba obstinadamente que al otro se le necesita. Que la otredad nos hace nosotros. Que la vida sin vínculos se vuelve animal, inerte, absurda. Si esto es tan así como decía esa imbécil, cómo voy a encontrar consuelo en mi soledad. Hoy, que todos tienen algo mejor que hacer. Hoy, que nadie llama. Hoy, que nadie piensa en mí, que nadie me tiene en cuenta, que no habito la mente ni la voluntad de nadie. Cómo hago para no sentirme, ante esto, deshumanizada. Desconectada. Inadmisible, invisible, invertebrada, insignificante. Qué hago para deshacerme de esta sensación, o para vivirla sin querer acabarme.


Escribir, comunicar, ponerle palabras, sonidos, colores, por qués y para qués al dolor; no sirve para absolutamente nada que tenga que ver con este. De otro modo, todas esas mujeres suicidas habrían escrito cada vez menos a lo largo de su vida, dejando esa pena en sus palabras, sacándola de su corazón, agotando la reserva en su cuerpo, habrían muerto felices al final de su vida dejando tras de sí una montaña de escritos, poemas, novelas, canciones, pinturas, ensayos sobre su dolor, donde este yace y se pudre. Sin embargo, esa belleza que lo impregna todo (porque el desconsuelo, seamos sinceras, puede llegar a ser bellísimo) no tocaba sus entrañas. Esa belleza es ajena al padecer, del mismo modo que un ciervo siendo devorado en la nieve no conoce el esplendor de la escena, y si pudiera conocerlo, le daría exactamente igual. Esa belleza que los demás ven en las mujeres suicidas, misteriosas, calladas, sufrientes, envueltas siempre en un halo de desgracia que brilla como el relente, esas copas de vino manchadas de sangre y carmín, ese rímel corrido, ese llanto silencioso; esa belleza esconde una herida tan profunda que te absorbe y te aleja de todo lo demás. A los demás, ajenos la inmensa mayoría al penar ese tipo de herida, siempre les quedará el poder romantizarlas aún más todavía después de muertas; a ellas, solo les queda la nada.


martes, 21 de diciembre de 2021

mentira número 191: hay una cara b

19 de diciembre de 2021


Últimamente en todas las conversaciones que tengo, busco la manera de acabar dirigiendo el tema hacia algún lado en el que yo pueda exponer mi teoría de cómo esta generación explota la idea de la hiperindependencia como una utopía absurda, que va incluso en contra de la naturaleza humana, y cómo hemos demonizado el “depender emocionalmente de alguien”, cómo hemos tergiversado su sentido y difuminado sus fronteras, y cómo nos ahogamos en un intento absurdo por llegar a ese “no necesitar a absolutamente nadie más que uno mismo para ser feliz”, autoflagelándonos cuando echamos en falta (¡la falta, esa cosa inadmisible!), cuando reclamamos, aunque sea internamente y en silencio novayaser, atención y cariño, sintiéndonos débiles cuando sentimos que necesitamos a ese amigo, a nuestra madre, ese reconocimiento en el trabajo, el calor de esa piel… y nos aferramos como imbéciles a esas frases que plagan Instagram de gente guapísima que nos enseña su “healing process” lleno de luz, mangos naranjas, incienso y atardeceres en la playa, y que nos intenta convencer de que ese es el camino a la autosuficiencia, al autoabastecimiento de amor y cuidados y atención, a la independencia emocional, a la perfecta y completa solitud, redonda y brillante, y vamos ahí desesperados porque queremos ser como esa gente guapa de las redes que come mango y hace yoga a la luz del sol, queremos encarnar ese discurso de absoluta autonomía, tomando la emancipación extrema como un fin para liberarnos de ese terrible dolor que es necesitar, demandar, exigir, porque todos esos verbos no esconden detrás otra cosa más que la carencia, la falta, la ausencia, el silencio; la nada. ¡Y nada más terrible que la nada! Hoy en día todo ha de ser abundancia, todo ha de ser una red de posesiones, mucha gente que nos rodea sin, por supuesto, qué horror, necesitar a ninguno de ellos!! Un montón de vínculos (personales, materiales, profesionales, de hábitos, de intereses, de prácticas) pero, por dios, todos livianos, todos a medias, todos sin llegar a donde duele, no vaya a ser que se genera esa terrible ¡¡¡dependencia!!! Y nos volvamos seres incompletos y delicados, damnificados y rotitos, resquebrajados por esa sucesión de ausencias y pedacitos arrancados que es la vida!!! Queremos salir ilesos de la vida y no hay peor condena condena más absurda condena más autocondena que perseguir la idea de salir ilesos de esta vida, de salir brillantes, de pasar sin ayuda. Esta vida sólo es soportable con el otro. Sin otredad a la que aferrarse, siendo esta dios, el amigo, la madre, la dopamina, el consumismo, el arte, o los porros que te fumas casi más como ritual que como intoxicación; la vida se convierte en algo absolutamente inaguantable. 


lunes, 6 de diciembre de 2021

mentira número 190: el contraste

Qué extraña esta sensación este sentir en otros sentires este presenciar, estar viva y presente para presenciar cómo muchos cuerpos hacen suyo algo que salió de tus manos de tu cajita del pecho de tu pena honda y de repente es comunitario es un ritual de repente es de otros es ajena es multiplicada y se te desbordan los pulmones estiras mucho los dedos de las manos las palmas de las manos de tus manos tuyas que miras cada día que hieres cada día, y de repente sientes esa enormidad esa movida celestial como divina por un ratito flotas por el aire y luego el cansancio extremo las extremidades que se hunden en el suelo el sueño el bostezo el cosquilleo nublado por toda la piel y la cama y la carretera y luego vuelves a casa, a esa pena honda solitaria esta vez, solitaria como en realidad fue siempre, fue tuya y sola como tú, y sigues haciendo el café fregando los platos pensando tengo que lavar las sábanas cuánto hace que no lavo estas sábanas, sigues viviendo ese momento de silencio por las mañanas y luego el y ahora qué y el vértigo y sentir que nada es real que sólo es real la comida la ducha y el despertador que todo lo demás es un sueño intangible que deja magulladuras impresas en tu piel, y tus dolores siguen siendo tus dolores porque el éxtasis fue leve como la borrachera sutil fue leve como la droga en cantidades ínfimas y esa levedad no acompaña los días, las ansiedades, la adultez esta pesada enrarecida turbia pero tan sencilla en el fondo, que hemos querido romantizar los románticos de la forma errónea quizás lo romántico es el vino con personas intermitentes, saludar al portero y esquivar cuerpos en el metro, y todo lo demás sólo existe en mis ganas y en mi ausencia, y me tocará siempre volver a ellas, volver a mis dolores que son sólo míos en realidad en esencia en el fondo, en el fondo fondo fondo, aunque los murmure otro aunque los habite otro, voy a volver siempre a la solitud que llevo escrita en la frente como el hado en los mitos griegos, esta que me duele y me sangra no importa qué, no importa cuándo ni dónde

martes, 23 de noviembre de 2021

mentira número 189: retales

16 de octubre de 2021

Dos menos diez del mediodía. Luci trabaja sentada frente a mí en la mesa de la cocina. El fuego de la hoguera pequeña crepita detrás, suena Wilco. En la mesa se esparcen diferentes objetos que relatan la mañana que dejamos atrás; ordenadores, cables, uvas, cafés, cerillas, nueces. Fuera, el sol alumbra las hojas amarillas, naranjas, verdes, rojas, pardas de las primeras semanas del otoño. Luci me dijo que esta mañana tuvo una explosión de olores que la hicieron sentirse inmersa en esta estación del año; mandarina, café, leña. En el pueblo siempre parece que el otoño se eleva a la enésima potencia. En realidad, en el pueblo parece que cualquier estación, cualquier momento del año se eleva a la enésima potencia. Será por el silencio que lo envuelve todo, lo subraya todo, lo ralentiza todo, como diciéndote “escucha, quédate aquí, mira lo que sucede”. Tomo conciencia de cosas que normalmente se me escapan. Empiezo libros que no conozco, escucho la manecilla del reloj que marca los segundos y no supone una amenaza, apago el móvil, paseo y acompaño al aire.

Después de comer, me siento en el banco de piedra junto a la puerta del patio. 

Miro desde lejos a los seres pequeños y circulares que habitan estas casas de piedra, que trabajan estas tierras, que parece llevan aquí millones de años y han visto crecer las primeras encinas, han visto formarse las primeras rocas, vieron bajar por primera vez el río. Los miro y me recuerdan que existe esta vida lenta, callada, cíclica, regida por los tiempos del barro y la madera, de la espiga y el abono, de los cerdos y las vacas, donde el silencio lo habita todo, lo resurge todo, donde el tiempo se ha parado entre las grietas de las piedras que sostenían hogares y que hoy son ruinas, que hoy son templos del recuerdo. En este lugar me siento a la vez una anciana y una niña que descubre el mundo. Vuelvo a tumbarme bocarriba y a sumergir mi mirada en las nubes, a caminar por las veredas, a permanecer en silencio; el día lo dicta el alimento, la luz, el vestir del cielo y las campanadas lejanas de la iglesia.


Me instalo en la mesa de mármol y metal del porche, y la coloco justo al borde donde acaba el techo. Es media tarde. 

Siempre transito el mismo proceso; primero, abrazo con la mente cada forma que me ofrece este rincón del mundo. Lo observo como quien ve por primera vez los colores, lo reconozco como una obra de arte, lo admiro como un fenómeno de la naturaleza que sólo sucede una vez cada mil años. Después, lo habito, pues es mi casa. Alargo los brazos, estiro los dedos dejando al descubierto las palmas de mis manos, y las hago entrar en contacto con los diferentes elementos del templo. Siempre, en este punto del proceso, una parte de mí siente que no puede palpar esta belleza; que se escapa, y siempre lo hará, de mi carne. Como si mi cerebro acostumbrado a poseer lo bello se chocara con el cristal de lo suave, lo impenetrable, lo que, como dice el Tao, pertenece a la tierra, no se somete a la propiedad de nadie, y por eso sobrevive a todo lo demás. (Es curioso cómo, mientras escribo estas palabras, ya se apodera de mí el pensamiento que quiere atribuirles una utilidad; luego me corrijo, y me recuerdo que no escribo para nada. Tan sólo como parte de mi forma de habitar ese mundo).

Comienza a llover. 

Tras atreverme a formar parte de este trozo de mundo pequeño y simple, cuando ya me siento parte de su cadencia y su escena (o así quiero que sea), me da siempre por buscar en él esa esencia eterna que subyace, una especie de dios minúsculo que duerme dentro  de todo, de cada gato de la camada que se asoma al entrar al pueblo, de cada tronco cortado para ser leña en los meses fríos, de cada pájaro que emite para el pueblo su sonido particular y único desde las ramas, de cada fruto del madroño, de cada nube plateada, de cada vaca mugiente, de cada gota de lluvia, de cada perro que ladra a lo lejos, de cada mata de lavanda y cada hoja de encina, de cada columna de humo que sale por la chimenea de una casa, de cada piedra de cada muro. Y sí; esta búsqueda es absoluta e indiscutiblemente egoísta. Desde que la inicié en el verano de mis quince años, vuelvo a ella cada vez que piso esta tierra, sola o acompañada, con el objetivo simple de sentirme menos herida. Menos sola. Menos absurda. Menos en guerra. Busco esta paz que emana todo lo que compone este lugar, sólo para poder agarrarla con mis manos y metérmela en la boca y tragármela como me trago el café.

martes, 5 de octubre de 2021

mentira número 188: lo de siempre

 Aún me es difícil acostumbrarme a esta luz. Esta luz que todo lo clarea y lo densifica, a esta luz amarilla y violeta que pulula por los rincones de mi casa, entre los botellines de cerveza, entre las sombras de maquillaje, los espejos y los pliegues de mis manos. Últimamente vuelven tantas cosas a mi vida, como traídas por un torbellino circular que viene de muchos años atrás para recordarme cosas que siento entenderé dentro de muchos años más. Me encuentro a mí misma en sitios tan distintos y a la vez siento que son los mismos de siempre transformados, manipulados, teñidos, tallados. Es difícil acostumbrarse a esta luz cuando te acostumbraste a que la oscuridad era muy parecida a una casa. Como decía Luis García Montero (creo), he roto tantas cosas en mi vida. Tantas que habitan en mí, en pedacitos que forman otras tantas que se rompen un poco también. He buscado tantas veces esa casa, ese amor, ese sonido, ese tacto, esos colores, he buscado tantas veces por tantos sitios distintos que todavía la idea de encontrar algo se me hace ajena y estéril. Aún no ha desaparecido en mí la idea de arrasarlo todo bajo el fuego, de irme y desaparecer en el sol, de correr desnuda y ahogarme en el mar, de hacer todo eso, decir todo eso que no se debe, que nadie dice pero que todo el mundo rumia como una hebra de jengibre, como ese recuerdo punzante del desamor lejano que quema igual, como esa sensación de que tu mejor amigo dejará de serlo también, de que tu profesión desaparecerá, tu pelo desaparecerá, el tono de tu voz se fundirá con el ruido y   tú desaparecerás con todo ello y a la vez te liberarás como si ambas fuesen dos caras de la misma moneda, conviviendo en una realidad que no le pertenece, muy a nuestro pesar, a absolutamente nadie. 

Aún este batiburrillo de sentires que brotan bajo en el mismo lecho, bajo la misma luz, en las mismas horas oscuras, que allí en Carabanchel eran las del silencio y aquí en La Latina son las de la vida nocturna, la de los coches y la gente y los camiones que reponen los comercios, y yo en este mismo blog bajo la misma luz, en las mismas horas, contando básicamente lo mismo siéndome fiel en este espacio mío, sagrado, incuestionable, perpetuo. He sobrevivido a todo. Y no lo sé porque respire, lo sé porque he vuelto a este lugar, a escribir con los mismos dedos. Lo sé porque hubo un tiempo en el que no lo supe. Y eso no se lo debo a nadie.

lunes, 30 de agosto de 2021

mentira número 187: seis horitas de sueño como siempre

Todavía miro al techo de mi habitación y pienso, no me puedo creer que viva aquí. Y han pasado dos meses. Escucho a la gente en las terrazas, a la gente bebiendo en las terrazas hablando a gritos en las terrazas y quiero poner una bomba en la calle. Pero por las mañanas, toda esa gente que supongo es la misma que habla a gritos en las terrazas, me hace sentir acompañada. Es como levantarse y estar en unas fiestas de barrio. No sólo llevo queriendo vivir así estos dos últimos años en los que no paraba de repetir me quiero ir de casa me quiero ir; hoy he recordado que ya de pequeña me ponía la falda blanca del campeonato de danza de Móstoles, el que ganamos por tongo cuando tenía ocho o nueve años, me ponía esa falda y un bolso de mi madre y metía las llaves de mi madre dentro y hacía que abría la puerta de la habitación como si fuese la de mi casa, la de mi futura casa, la de mi casa de Calle Toledo 54, y entraba en mi casa con mi faldita blanca de baile y me hacía la comida y llamaba por teléfono y esas cosas que hacen los adultos, esas cosas que ahora hago en mi casa después de entrar en ella con mis llaves. Aún no me puedo creer que haya conseguido esto. Tampoco puedo creerme que le hable a la gente de mi depresión, de mi disco, de mi exnovia, de mi vida. Ese tono de voz que se nos pone cuando hablamos de "mi vida". Mi vida es esto, se ha convertido en lo otro, quiero que acabe así, que vaya pacá, que nunca se acerque a esto. Yo ya no sé en qué consiste mi vida, más allá de esta casa, más allá de las manos que escriben estas palabras horas antes de montarse en una furgoneta rumbo a Vigo para actuar delante de mil personas y luego dormir en el décimo hotel del mes. No sé qué parte de todo lo que le digo a la gente es verdad. No sé si en el fondo no quiero vivir, como ayer le decía borracha a Íñigo. No sé si quiero que Alicia duerma en esta cama tanto como creo, o si por el contrario quiero que se ahogue en el mar como Isora, como Alfonsina, como yo en mi mente siempre que estoy cerca del agua. No sé si quiero que Paloma me cuente lo que le pasa. A veces siento que este blog semi abandonado de mierda es lo único verdadero que conservo, como una especie de ventana en el centro del pecho justo entre las tetas.

Odiaré a cualquier persona que reproduzca este discurso pero: a veces siento que no pertenezco a este mundo. Últimamente, muy a menudo. Cuando digo que la vida está sobrevalorada, lo creo de verdad. Cuando digo que algo debo estar haciendo mal si vivir me resulta tan agotador, lo creo, de verdad. A veces me escucho desde fuera y me quiero gritar CÁLLATE como un niño enfadado a su madre histérica que le sigue regañado a pesar de que él ya haya roto a llorar. Otras, creo que todo el mundo es imbécil y hace cosas rarísimas y feas. Todo el mundo es feo. Si tuviésemos un físico que reprodujese nuestro corazón, Instagram no sería una de las redes sociales más consumidas de la historia. Todo esto sonaba muchísimo mejor en mi cabeza. Ahora el sonido de las chapas de los bares deslizándose hacia abajo. Me quiero arrancar los oídos. Pero ya lo quería hacer antes de mudarme a este barrio. Igual que ya quería morirme un poco antes de que se me rompiera el corazón. Qué dramática. Suicídate y déjanos en paz.

Todo el mundo tranquilo.

domingo, 11 de julio de 2021

mentira número 186: esto era una prueba

Me cuesta saber quién soy cuando paro de hacer cosas. Como una especie de respuesta sorda a meses de ruido interno, externo, intermedio, subterráneo. Me cuesta saber quién soy cuando todo se calla porque me he acostumbrado a la guerra. En los días más oscuros de la depresión, lloraba y le decía a Toni que se me había olvidado lo que me hace sentir bien. No había ni pizca de poesía en esas palabras. Literalmente, se me ha olvidado qué es lo que hago cuando no estoy haciendo nada. Cuando aparto el teléfono móvil y no estoy yendo a ningún sitio ni volviendo de ningún lugar, y no tengo sueño y no tengo que fregar el baño o hacerme la comida, o ducharme. Mi cabeza se paraliza, como un animal en la noche alumbrado por los faros de un coche en mitad de la carretera. No pasa nada. Me levanto y me siento, paseo por la casa, escucho lo de fuera, me muerdo los pellejos de los dedos. Nada. Me ha costado horrores comenzar esta entrada, y continúo obligada por el pacto interno de deshacer el nudo. Aún me paraliza el miedo de no tener nada que contar, aún mi cabeza se hiela cuando intento ponerle palabras a esto. Yo, la de los quince discursos internos inextinguibles y simultáneos.

Miguel me dijo una vez que después de la depresión no vuelves a ser el mismo. Supongo que la mente es más lista que uno, y que ese era precisamente el objetivo. Yo me pregunto si realmente puede ser posible que todo lo que alguien es se desdibuje de esta forma. Me quiero convencer de que la que seré, es mejor que la que fui. Pero ahora mismo, no conozco a la que soy. A la que me hace vagar por la casa, asustarme cuando hay silencio, temerle a la música, al amor, al éxito, a no saber a qué hora tienes que estar ni en qué lugar. A la que lee a las palabras que escribió la que fui admirándolas, como si no fuese capaz de generarlas yo, como si nunca lo hubiese sido. Me miro extraña desde lejos, intentando iniciar esa cadencia que todo el mundo dice me llevará de vuelta al calor. A ser la niña que baila.

Pero quizás no soy esa niña. Y la que calla está cansada. Y la adulta es aburridísima.

Mierda.

miércoles, 6 de enero de 2021

mentira número 185: "todo bien, ¿y tú?"

Mírame. Estoy escribiendo un montón de correos. Estoy organizando mi vida futura en cuadrículas digitales, todo ha quedado apuntado para que la eficacia sea óptima, para tener siempre a mano mis horarios. Como hacen las personas adultas. También he puesto a punto mis facturas, he revisado mis ingresos y mis gastos, he limpiado de polvo mi habitación, he hecho café, me he puesto muy seria. Aún no me he hecho la cama porque siempre me ha parecido un acto inservible, pero quizás este sea el año en el que empiece a hacerlo. Y, además, me he decidido a leer Los hermanos Karamazov. Porque eso es lo que hacen los adultos, ¿no? Mírame. Toda seria. Reconduciendo mi vida según unos parámetros que parecen funcionarle a todo el mundo a mi alrededor. Desayunar fruta, beber agua, actualizar el calendario, hacer cuentas, decir muchas veces la palabra “curro”, darse importancia pero no mucha. Ocultar la tristeza. Dejar de lado todo aquello que nos hace sentir miserables, o al menos encerrarlo en una cajita pequeña dentro de nuestro tórax que solo podremos abrir bien entrada la madrugada con cierto porcentaje de alcohol en sangre como pretexto. Porque ser adulto es estar bien, aunque no lo estés. Es hacer cosas aunque tengas el alma rota y los pies rotos y la voz rota, aunque no haya ni una sola cosa en el mundo que, en realidad, te apetezca hacer. Que nadie lo note. Es obsceno. Es injusto para los niños de África. Tú tienes que estar bien porque tienes un buen móvil hecho de un coltán en el que muchos menores de edad se han dejado la infancia y la sangre. Tienes que estar bien porque el sol brilla a este lado del río, porque, en el fondo, no hay motivos para estarlo. Todo lo que pasa por dentro es mentira, es evitable, es fútil, es innecesario, sólo está en tu cabeza. Todo está en tu cabeza. Y es bien sabido que la cabeza puede sonar más bajito. Con auto ayuda, con lorazepames, con un diíta en el campo. O, como dice mi osteópata, respirando. Sólo respirando, y entrando así en equilibrio. A mí cuando me dice eso me dan ganas de responderle “tú lo que eres es un hijo de la gran puta”, pero no es eso lo que hacen los adultos. Los adultos ponen buena cara y asienten. Todo el rato. Y toda esa mierda que les encantaría soltar por la boca la guardan dentro de sí mismos, en la cajita pequeña dentro del tórax. Porque así se pagan las facturas. Así se cumplen los horarios. Así se reduce el abdomen. Así se está guapo. Así se está bien.

domingo, 13 de diciembre de 2020

mentira número 184: ojalá no te hubiera conocido nunca

me encantaría me encantaría poder alegrarme por ti que el brillo de tus ojos encendiera las yemas de mis dedos pero te odio te odio con todo mi ser con las yemas de mis dedos con el brillo de mis ojos que te llevaste como todo lo demás que no era tuyo y te llevaste y me dejaste así cargando con este odio este odio que me hace más daño a mí que a nadie este odio que no me merezco sentir este odio que no te toca como absolutamente nada nada de toca nada que no sale de ti te compunge mientras a mí me destroza todo lo ajeno y más ahora sin calor en mis dedos más ahora sin brillo en mis ojos más ahora con odio entre los dientes entre mis piernas entre mi pelo y me pesa la cabeza me pesa y se me hunde en la tierra y sólo puedo desear alegrarme por ti pero sólo puedo odiarte y me hundo me hundo me hundo

sábado, 28 de noviembre de 2020

mentira número 183: quiero hablar de todo lo demás y siempre acabo hablando de ti

quiero hablar de todo lo demás y siempre acabo hablando de ti

de mí, que al fin y al cabo no es tan distinto 

mi casa es un estercolero de amor

mi casa es un estercolero de recuerdos

pero al menos llamo hogar a mi casa y eso ya es un símbolo que rebosa

en ese estercolero se amontona todo lo que fui y se fusiona con todo lo que soy

siempre tú apareces en el medio de mis demonios

siempre tú con la boca afilada y los ojos chicos

chicos como la cobardía

chicos como ese corazón en el que ponemos tanto

sobre el que apoyaomos tanto

para luego mirarnos al espejo y que solo el silencio nos responda


da igual cuántos focos apunten a tu rostro

da igual cuántos nombres ajenos hayas acumulado en tus manos

si al final todo se reduce al silencio al espejo al estercolero

no desde la desesperanza sino desde la certeza

no queriendo elaborar una doctrina sino trazar una fina línea

un hilo sobre el que sostenernos


nadie merece todo este cansancio

ni siquiera nosotros mismos y aun así


aún así quiero hablar de todo lo demás y siempre acabo hablando de ti

porque habitas en mí como todo lo que he amado

habitas en mí como yo misma y todo lo que predico odiar

todo lo que necesito predicar que odio para sentir esa entereza

todo lo que sentencio en mi necesidad absurda e imperiosa de trazar mi propio continente

mi propio contenido


sólo somos lo que queda cuando la razón duerme

ni siquiera poesía

ni siquiera honestidad

ni siquiera nuestro propio nombre


solo el aliento y la luz tenue

solo el aliento

y la

luz

miércoles, 25 de noviembre de 2020

mentira número 182: quién

ustedes no me dejan aferrarme a la rabia. dicen que es vulgar. que debilita.
me apartaron de la rabia porque la elegancia está por encima de todo, y el perdón nos hará libres, como el trabajo en los campos de concentración del III Reich. hace años se llevaron también la misericordia.
sin rabia ni misericordia, siendo además la enajenación un oprobio, todo se convirtió en un intento fallido por sobrevivir a lo que nos desborda. con cafés descafeinados y yoga trivializado, frases de autoayuda que leídas al revés son inducciones al suicidio, canciones que nadie escucha y mentira; mucha mentira.
pero no una mentira despiadada, premeditada, ni siquiera inteligente; sino una mentira a nosotros mismos, hacia nosotros mismos. una pseudometaverdad. esas que huelen peor, que pesan más, que son más feas más insignificantes más benignas en pequeñas dosis, más letales cuando se convierten en credo. 
sin rabia ni misericordia ni verdad al menos me dejarán que señale la tristeza que advierto en los ojos de quien miro, y me mira. silenciosa como un río subterráneo, fundamental como el carbono. tan honda ya que ni siquiera la percibimos, como ese olor que desaparee al acostumbrarnos a él.
sin rabia ni misericordia ni verdad ni alegría, dime quién se salva. 
dime quién querría salvarse.

mentira número 181: posdata: vete a tomar por culo

 si nunca supiste quererme como necesitaba no sé de que me sorprendo ahora que has dejado de hacerlo de la misma manera. curiosa es la forma en la que ambas nos perdemos en nuestras propias palabras intentando justificarlo. tú desde la incapacidad, desde el anhelo, desde la huida, aferrada a un deus ex machina que en vez de deshacer conflictos, los genera dentro de ti, sin que tú puedas hacer nada por evitarlo. yo desde esta forzada distancia, desde la inducida comprensión, desde la férrea creencia de que en el fondo sólo es esto lo que podía, debía suceder, intentando que la tierra de mis uñas pese más que la pena de mi estómago, intentando siempre darle un por qué. como si la muerte entendiera de por qués.

a veces deseo que te hubieras muerto. hace un rato veía (o más bien dejaba pasivamente reproducirse en la televisión) la famosa película romántica Posdata: te quiero. he querido que fueras Gerard Butler. he querido llorar tu muerte como Hilary Swank, sin perder la compostura ni la belleza, rodeada de mis amigas mientras poco a poco dejo que entre en mi vida un nuevo amor, sin perder por supuesto el romanticismo de la pérdida, que por supuesto en ningún momento me hace retorcerme de dolor, me hace estar demacrada, me hace oler mal, vestir mal, quebrarme sobre el suelo. he querido ser Hilary Swank lamentando pero no mucho la muerte de su amado. no he querido que siguieras viva, rehaciendo tu vida, con tu puto gato, tus putas fotos en las redes y tus putos amigos de película, con tu increíble capacidad para que nunca sea tu culpa pero siempre interpretar el papel del culpable atormentado haciendo que hasta te quede bien, como todo lo demás. he querido que te hubieras muerto, que nunca hubieras elegido no estar a mi lado, que hubiera podido ser yo la que, como tantas veces reproduje en mi mente, decía "eres maravillosa mi amor yo te quiero te quiero tanto te he querido tanto pero así no ya no ódiame si quieres eres tan buena lo hiciste tan bien lo hemos hecho lo mejor que hemos podido ha sido bello gracias por todo ahora me voy porque en el fondo no te quiero tanto no te quise tanto en el fondo me rindo porque ya no me haces falta porque nunca me hiciste falta nunca me interesaste tanto como para parar un poquito mi maravillosa ajetreada importantísima vida y mirarte un segundo a los ojos y permitirme sentir el amor que te mereces"

pero te me adelantaste. y si hay algo que me duele más que tu recuerdo tan nítido tan idealizado tan palpitante por las noches, es no haber sido la que se rendía primero. yo te di mi sudor y mi silencio, te aparté el pelo de la cara, sostuve tus piernas en el abismo sostuve tu esternón en el abismo sostuve el desastre que dejabas a tu paso, y en ese sostener quebré mis uñas agrieté mi piel desgasté mis manos, tú nunca te giraste a mirarme, yo nunca tuve la suficiente poca entereza para pedírtelo

apreté los dientes contra el cristal que nos separaba con esquirlas clavadas en los ojos que me impedían ver que ya no estabas al otro lado, que más allá de mi sudor y mi silencio ya no había pelo ni piernas ni abismo ni desastre ya no había nada

y yo con las uñas quebradas y esquirlas en la mirada, y el hueco de ese sudor y de ese silencio que ya son tuyos para siempre, que ya no me puedes devolver que yo ya no quiero porque a diferencia de ti yo te los di por voluntad, por premeditación, por lealtad, por honestidad, por justicia, por goce, por dignidad, por honestidad, por amor

te los di por amor

y ya ni siquiera sé lo que eso significa. o más bien, no quiero que en ningún caso signifique lo que yo sentí por ti, porqué si es así

prefiero ser yo Gerard Butler antes que volver a sentirlo 

domingo, 13 de septiembre de 2020

mentira número 180: verborrea

Hoy quise escribir después de meses sin hacerlo. Después de llegar a la conclusión de que no sirve para nada, hoy quise escribir como acto de revolución; de supervivencia. Por si mañana desaparezco. Quise volver a este lugar remoto, a este romanticismo inservible, a esta prosa ínfima. Quiero escribir tras entender que no es cuestión de significante ni significado, de imagen ni metáfora, ni siquiera de belleza. Escribo porque es el único cable que me conecta ya con esta tierra. Esta tierra arrasada y yerma, revuelta e inundada, violada y caricaturizada. Esta tierra que es lo único que piso, lo único que veo. Quise creer que los actos dicen más; y, en parte, aún quiero. Pero después de ser actante y dejarme la piel intentando darle sentido a esta consecuencia absurda de pasados, a esta aglomeración ecléctica de presentes, a este vaticinio agotador de futuros; después, sólo me quedaron las palabras. Este lugar remoto, este romanticismo inservible, esta prosa ínfima. Como si escribieran los cien años que me habitan, como si nada se hubiera escrito antes y no fuese a escribirse nada después. Como acto de revolución, como acto de supervivencia. Escribo para decir que estoy agotada. Que quizás me mate. Que quizás haga historia. Que ambas son, en el fondo, lo mismo. Y que ninguna de las dos importa.

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Si sólo existe lo tangible, lo utilizable, lo presente, cómo es que son tan altas las voces que resuenan entre mis sienes, cómo es que siento lo que no entiendo, entiendo lo que nunca sentí y creo lo que no ha existido. Si yo soy yo y no hablo así, cómo es que brotan estas palabras en mis dedos, presa de una verborrea ancestral, ineludible, más grande que los bosques, más profunda que el mar. Si nada puede salvarme cómo es que no me he rendido ya; cómo es que conviven los contrarios en el espacio y el tiempo, cómo es que es lo imposible, lo antagónico, cómo es que se contiene lo uno a lo otro, lo esto a lo aquello. Si la mente es fruto de un cuerpo, cómo es que excede a lo humano. Cómo es que cabe todo eso en mí. Cómo me relaciono con ello, cómo lo mato, cómo lo riego, cómo lo extirpo, cómo lo cuido.

Yo ya no puedo más.

viernes, 10 de julio de 2020

mentira número 179: las tres menos ocho minutos

¿no era esto lo que querías? la vida adulta. la casa sola. los platos en la pila. el té en la mesa. el cigarro por la noche. ¿no era esto? saber quién eres más allá del ruido. dejar de confundir la soledad con la tristeza. parecía sencillo cuando todo lo demás estaba desordenado. cuando había voces por todas partes, colores por todas partes, luces y música; luces y música. quizás era esto, sí. comprar fruta. trabajar en casa. contar dinero. apagar el móvil. resulta que no es tan liberador como parecía. resulta que enfrentarme al silencio no era romántico ni poético; es cotidiano, terrenal, absurdo, mediocre. bello, aún así. callado, como siempre quise. pero dentro nunca está callado. el silencio no llega. releo y releo mis palabras. resuenan en las paredes de mi cráneo, histéricas, deformes, dispares. bellas, aún así.
últimamente no duermo bien. ni siquiera madrugando, ni siquiera cansándome, ni siquiera con ella. últimamente me enfado por cosas por las que creí haberme dejado de enfadar hace mucho tiempo. y vuelvo a sentirme una niña en el pupitre, pendiente de todo, sensible a todo, como en carne viva. pero mucho más cansada. las fotos, las canciones, los amigos; al final todo eso no era tan importante como creí. al final está la casa sola, los platos en la pila, el té en la mesa. el reloj del salón, los aspersores, los mosquitos, la lavadora, el verano. siempre el verano llegando como un tsunami que lo desordena todo y lo silencia después.
y es ese silencio. aterrador, definitivo, llano, hondo. sencillo en el fondo.
y yo en el medio.
cansada, enfadada, ansiosa, triste, poderosa, ínfima, desorientada.

en el fondo tengo más sueño del que creo

miércoles, 1 de julio de 2020

mentira número 178: conclusión

no escribas desde la rabia. gestiona, respira, perdona. no mientas, no pongas mala cara. sonríe, agradece, disculpa. sé tú misma pero no mucho, ve lejos pero depende de cómo, de cuánto, revélate mientras sea válido, estético, poético. sangra y escríbelo, pero que no se te vea, queda feo. comprende pero imponte, date valor pero cíñete a la definición de valor que se te enseñó, y cuestiónalo todo menos eso. ama pero sé fuerte. ama pero no fuerte; es obsceno. es injusto. ten amigos, sé fiel, ríete y bebe, pero mantén el tipo y produce, sé útil, levántate pronto, muévete rápido, come bien, viste bien, besa bien. sé educado pero transgresor, sé insolente pero depende de dónde, y si algún día te equivocas lo habrás hecho pa siempre. actualízate, infórmate, ten una opinión para todo pero sé humilde, sé zen, chi, mindful, healthy. sé dios pero no lo digas, sé humano pero no lo enseñes, olvídate de lo que has aprendido pero ten información para sobrevivir, para no ser un animal, una alimaña, una bestia. no te quedes atrás pero no corras; la gente no podrá seguirte. mantén la esperanza pero no creas en nada. sé nihilista, relativista, romanticista. folla pero sólo con las personas necesarias, con los fluidos necesarios, por los motivos necesarios. enamórate pero que no duela; sé racional, imparcial, generoso, comprensivo, individualista, desapegado... pero enamórate. y usa para ello versos de Lorca, canciones de Silvio, cuadros de Schiele; pero sólo como símbolo poético. luego, ama sin romanticismo. ama con razón.

y si no entiendes las reglas, finge

o mátate

:)

domingo, 10 de mayo de 2020

mentira número 177: un suspiro

Sé que algo no va bien cuando el simple hecho de pensar en ponerle palabras a lo que siento me genera una mezcla entre miedo, desidia y pereza. Siempre lo he sabido. Cuando prefiero coger el móvil y deslizar el dedo por palabras y fotos ajenas, hacerme un té o simplemente mirar por la ventana. Cuando no quiero escribir sobre cómo me siento, es ahí dónde sé que se ha apretado el nudo.
Últimamente no me encuentro en lo que es mío. He dejado tanto en las canciones, las entrevistas, su cama, la fruta que le compro a Ahmed, los ejercicios, los abrazos a mamá, las series de televisión, las redes sociales, las conversaciones con Luci, los pensamientos en la pandemia, mi hermano, la ducha, la comida, la cerveza de después de cenar, las miradas inconscientes a la pantalla de mi móvil a ver si ella ha escrito... he dejado tanto de mí en todo eso que últimamente me levanto de la cama y no tengo ni idea de cómo enfrentarme al día. Hago cosas, hablo con la gente, me muevo, sudo, tarareo canciones, cocino, pierdo el tiempo. Todo ello impulsada por una especie de fuerza mínima invisible, una inercia insulsa y tenue. No tengo pasión. A veces siento un poco de miedo, un poco de calma, un poco de felicidad, un poco de añoranza, un poco de rabia. Pero no encuentro la pasión. No sé si la perdí o me la ahogaron, no sé si me la dejé en pensar en ella, en mis canciones o en el fin improbable de este encierro. El caso es que cada mañana abro los ojos, y no siento nada. Me tomo el café y no siento nada. Me abraza mi hermana y no siento nada. Me siento a escribir y no siento nada. Llega la noche, cierro la tapa del portátil, apago las luces, cierro los ojos. Y nada. Sólo algo de miedo de que ella se aleje y yo no sepa curarme, de que todas las buenas ideas en las que creo y que tengo dentro de mi cabeza se queden ahí y jamás nadie las vea, y sea pobre y me apague, de que nada vuelva a ser como antes. Pero ni siquiera ese miedo es para tanto. Nada es para tanto.
Me preguntan que cómo estoy y me quedo en blanco. Sabría cómo estoy si supiera dónde. Pero no me encuentro. Y lo peor es que en el fondo me da un poco igual.

viernes, 24 de abril de 2020

mentira número 176: ni idea

qué curiosa la sensación de sentir el aire. quiero decir, sentirlo de verdad. sentir de dónde de viene, a dónde va. como si tuviera dedos que te rozan la cara en distintas direcciones. a veces me da miedo estar tan segura de que va a salir bien. luego pienso que no es un pensamiento, no es un mantra que me repito para convencerme. es una sensación. y luego viene todo lo demás.
los creadores somos creadores porque tenemos la absurda creencia de que a la gente le importa lo que sentimos. a menudo me preguntan cómo lo supe. cuándo. pero la verdad es que no lo sé. lo siento. y por eso funciona. (si es que de verdad funciona, claro)
oigo las sirenas de la policía y la ambulancia y siento que se comunican entre ellas. es como si no hubiera una tragedia detrás. qué extraña la manera que tienen las cosas de cobrar un sentido distinto según quién las mire. oigo un montón de cosas más que no sé definir. oigo a la gente que dice que hay que dejar de pensar. no sé cómo se atreven. quiero decir, cómo osan y cómo se aventuran a intentarlo. para mí nunca fue una opción. jamás. por eso tengo tantas libretas empezadas, tantas notas en el móvil, tantas melodías, tantas ideas. tantas ideas que a veces siento que no existen en el mundo formas suficientes de hacerlas realidad.
compartir todo lo que sentimos como si a la gente le importara, ¿nos debilita? ¿nos fortalece? puede que ni la una ni la otra. de hecho si tengo que inclinarme hacia alguna de las dos, me quedaría en el punto medio. en ese equilibrio que no existe.
es agotadora la necesidad de expresar todo lo que pasa por este busto. sigo sin saber si sirve para algo. y por eso supongo que lo hago sin cesar; porque aun sin utilidad, por alguna inercia cuyo sentido desconozco, quiero hacerlo constantemente. qué difícil detectar lo que uno quiere. más allá de lo que debe, tiene, corresponde, urge, sirve. lo que uno quiere sin más.
yo quise sin más escribir estas palabras a la una y veintidós del veinticinco de abril de dos mil veinte. día cuarenta y uno.
cada uno, en su casa, con su bendita mierda. y dios, como dice mamá, en la de todos.

martes, 21 de abril de 2020

mentira número 175: el adjetivo que se repite y se repite

A menudo, cuando me asomo a mi ventana y observo el mismo paisaje que desde hace exactamente 38 días es testigo de mi balanceo, siento una especie de calma honda. Dejo de estar enfadada.
Supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía. Durante toda mi vida he sentido que de alguna manera, esa calma definitiva que me viene a visitar (muy) de vez en cuando es, lejos de lo esperado, un signo de peligro. En los demás sé identificar rápida y claramente cuando el tormento es una pieza fabricada por la misma persona que la maldice, para que funcione el enrevesado engranaje de las mentes complicadas que sitúan gran parte de su identidad en la pena y la complicación, como parte de una necesidad generada de identificarse con una parte oscura, ciega, y tener así la excusa del "aquí nadie puede entrar, ni siquiera (y mucho menos) yo".
Yo conocí esa pena antes de lo que nadie se merece. Desde los trece hasta los diecisiete estuve en guerra con todo. Cuando traigo consciente y concienzudamente un recuerdo de aquella época a mi cabeza, la memoria sensorial trae de vuelta la sensación de una losa de piedra sobre los hombros y una daga clavada en la boca del estómago. Nunca fui una niña infeliz, pero sentía una herida que me cubría toda la piel, supurando noche y día. Sentía que todo, menos un par de personas, un par de lugares y (siempre, todas) las canciones, existía para arañarme.
Eme una vez me dijo que a veces mantenemos relaciones dañinas porque el dolor es lo único que nos une a una persona a la que, en el fondo, no queremos dejar ir. Supongo que lo mismo sucede con las diferentes personas que has sido a lo largo de tu vida. Yo perdoné a aquella niña asustada, egocéntrica y tremendamente sensible hace mucho tiempo, pero de alguna manera siento que desprenderme del todo de una pena que nació con ella es desprenderme de ella también. Ella, que tanto me ha enseñado.  Aunque es injusto decir que sólo estaba hecha de desconsuelo. Recuerdo también una honda consciencia de sí misma, un profundo amor, las tardes en el pueblo mirando al cielo, los abrazos a mamá, For Emma, forever ago, una linda promesa latiéndole a aquella niña en el pecho.
Lo que quiero decir con todo esto es que cuando siento esa calma inmensa al asomarme a la ventana de mi habitación y mirar el barrio, me viene a la mente la pena como una especie de esposa a la que estoy siendo infiel. Sé lo absurdamente romántico que suena esto, pero supongo que es una sensación que he tenido siempre tan cercana que me asusta la idea de perderla. Entonces me vienen a la mente esos juicios que he hecho de manera tan rotunda a todas esas personas enamoradas de su dolor, y pienso que quizás no soy tan distinta a ellas.
Pero, pensándolo bien, esa calma es lo que siempre busqué. No existe sin la pena, y la pena no existe sin ella.
Y vuelvo al principio, "supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía".

domingo, 29 de marzo de 2020

mentira número 174: buena y pura

Dice Paula que soy buena y pura. Y que eso está bien. Yo no quiero ser ni buena ni pura, Paula. Quiero ser fría. Como los que usan su dolor y lo venden. Quiero ser un libro cerrado. La caja negra de un avión. No quiero querer desnuda, no quiero ser siempre hasta la última consecuencia. Quiero poder evitarlo. Quiero ser despiadada. Mentir y que no se me revuelva el estómago. Jurar y que no se me enciendan los ojos. No sé de qué sirve ser buena y pura.
"Ojalá pase algo que te borre de pronto, (...) para no verte tanto, para no verte siempre."
Entiendo que a veces lo natural no es justo. Como la muerte de un abuelo. Como que te rompan el corazón. Lo entiendo y aún así me muerdo los labios, me rasco la cabeza, me doy una ducha por la noche de agua ardiendo, para quitarme el frío que me produce ser buena y pura. Para quitarme la rabia, la histeria, la incertidumbre, la pena que me produce ser buena, y pura.
Yo no quiero ser buena ni pura. Quiero poder afirmar "besé unos labios pensando en otros" y que no se me caiga la cara al suelo, ni que un retortijón me recorra las tripas. Quiero poder decir que no pasa nada sin que sea verdad, quiero reírme sin que me haga gracia, escribir mentiras, cantar penas ajenas, tener amigos que en el fondo no me caen bien. Supongo que así todo sería más fácil. Supongo que así entendería cómo funciona el mundo, eso de la protección y las corazas, eso de "tienes que entender que". Pero no, no entiendo lo que no sale de las vísceras. Practicar lo que desaprobaste, y nunca rectificar. Creer en un amor que destroza. No lo entiendo. Y me pesa.
Me vienen entonces a la mente las palabras de aquella canción de Martha (precisamente, Martha)
"Y le pido al cielo que me lleve, y que no me deje aquí agonizando entre tanta gente normal"
Mamá dice que cada noche antes de dormir lee un rato, hace sus respiraciones, e imagina que blinda sus sistema inmunitario para que no entre ningún bicho.
Mamá, yo quiero blindar mi pecho.
Y dejar de ser.
Buena y pura.