Anoche decidí florecerme. Yo solita. Como nadie me ha enseñado a hacerlo.
"muchachas con el rostro hacia las nubes para que el chaparrón borre por fin las lágrimas" -M. Benedetti
domingo, 17 de agosto de 2014
Mentira número 145: Menos cinco
Anoche decidí quitarle el polvo a las partituras del piano, y las telarañas al corazón. Decidí dejar de llorar cada atardecer, porque es cierto que las puestas de sol son agradables cuando uno está verdaderamente triste, pero también son agradables cuando uno decide volar sobre ellas. Y también me despojé del frío que calaba mis tuétanos, me curé los nudillos y me puse pintalabios. Anoche canté cosas bonitas, bonitas y alegres, porque las chicas alegres también son bonitas, y las canciones más aún. Y me saqué de los oídos las baladas marchitas y rotas, rondaban ya demasiado tiempo por mi cabeza.
miércoles, 23 de julio de 2014
Mentira número 144: Estrellas
Me encuentro de repente frente a la pantalla del ordenador, perdida virtualmente (y qué triste) en un pueblo a las afueras de Ámsterdam. Pueden ustedes imaginarse las ganas que tengo de huir.
Lo jodido de los refugios es tener que salir de ellos. Es como el principito, cuando, después de haber pasado por diferentes planetas habitados por cosas que no le encienden la mirada, llega a la Tierra y entonces tiene un cordero, y una caja y un bozal sin correa, y se bebe el agua buena para el corazón y dice "tienes que mirar las estrellas, tienes que oír cómo ríen las estrellas". Pero el principito tiene que volver, y se deja morder y se muere pero en realidad no. Yo quiero pensar que en realidad no, que he vuelto a mi planeta pero que aquí sigue habiendo cosas buenas. Como la flor.
Pero quiero hablaros del planeta Tierra en el que estuve yo. No había corderos ni bozales, pero había ángeles de alas plateadas y magos, y había un mar y muchos abrazos, y gorros rojos. Había también chistes pésimos, canciones absurdas, había ganas de tirarse al suelo, besos (muchos besos). y un mechero que me daba luz, había risa por todas partes, hasta en el llanto, había afonía en las voces y amor en las miradas. Luego tuve que regresar a mi planeta y todo se hizo un poco más gris. Y qué jodido.
Echar de menos nunca se me dio bien, ya saben. En vez de poemas-melancolía sólo me salen cosas feas y ganas destructivas de querer luchar contra algo que jamás se dejará vencer. Y todo mi planeta me parece odioso, los volcanes e incluso la flor, y quiero llorar todo el rato y me encierro bajo mis alas y me hago heridas en el recuerdo.
Pero aprendí mucho en aquel planeta Tierra, como estoy segura hizo el principito, y recuerdo aquellos ojos verdes diciéndome "tienes que seguir brillando, ¿vale? tienes que inundar con esa luz cualquier sitio al que vayas". Y entonce sonrío porque no puedo hacer otra cosa cuando recuerdo aquellos ojos verdes, y entonces me aparto las alas de la cara y me acuerdo de cómo era su barba, y sus ganas infinitas de hacerlo todo posible.
Y de repente echar de menos se me da un poco mejor.
(al fin y al cabo volveré a levantar el vuelo)
Lo jodido de los refugios es tener que salir de ellos. Es como el principito, cuando, después de haber pasado por diferentes planetas habitados por cosas que no le encienden la mirada, llega a la Tierra y entonces tiene un cordero, y una caja y un bozal sin correa, y se bebe el agua buena para el corazón y dice "tienes que mirar las estrellas, tienes que oír cómo ríen las estrellas". Pero el principito tiene que volver, y se deja morder y se muere pero en realidad no. Yo quiero pensar que en realidad no, que he vuelto a mi planeta pero que aquí sigue habiendo cosas buenas. Como la flor.
Pero quiero hablaros del planeta Tierra en el que estuve yo. No había corderos ni bozales, pero había ángeles de alas plateadas y magos, y había un mar y muchos abrazos, y gorros rojos. Había también chistes pésimos, canciones absurdas, había ganas de tirarse al suelo, besos (muchos besos). y un mechero que me daba luz, había risa por todas partes, hasta en el llanto, había afonía en las voces y amor en las miradas. Luego tuve que regresar a mi planeta y todo se hizo un poco más gris. Y qué jodido.
Echar de menos nunca se me dio bien, ya saben. En vez de poemas-melancolía sólo me salen cosas feas y ganas destructivas de querer luchar contra algo que jamás se dejará vencer. Y todo mi planeta me parece odioso, los volcanes e incluso la flor, y quiero llorar todo el rato y me encierro bajo mis alas y me hago heridas en el recuerdo.
Pero aprendí mucho en aquel planeta Tierra, como estoy segura hizo el principito, y recuerdo aquellos ojos verdes diciéndome "tienes que seguir brillando, ¿vale? tienes que inundar con esa luz cualquier sitio al que vayas". Y entonce sonrío porque no puedo hacer otra cosa cuando recuerdo aquellos ojos verdes, y entonces me aparto las alas de la cara y me acuerdo de cómo era su barba, y sus ganas infinitas de hacerlo todo posible.
Y de repente echar de menos se me da un poco mejor.
(al fin y al cabo volveré a levantar el vuelo)
lunes, 7 de julio de 2014
Mentira número 143: Bang bang, I hit the ground
Todo está patas arriba. Y no precisamente bailando. Hay ciertas cosas que simplemente no deberían hacer daño, no deberían destruir. Pero lo hacen, y joder si lo hacen, lo hacen tan duro que a veces siento que aquí dentro sólo hay escombros. Quizás nadie sea el culpable, pero a mí la culpa me pesa demasiado, y se trata de tragármela y hundirme o lanzarla como una granada contra quien me quita el sueño de esta manera tan brutal. Porque no se trata de no poder dormir, se trata de todo lo que pasa aquí dentro cuando debería estar durmiendo. Se trata de mí, y de que ya no te reconozco. De que ya no me reconozco de todo el odio que me inunda las bolsas bajo mis ojos. De que esto no tenía que haber salido así, de que estoy ahogada y de que esta vez sí, el rencor es grande.
No hay vuelta atrás, saltar o sumergirse, la caída o la asfixia, tú o yo. Crecer a trompicones nunca ha sido lo mío, se me nota en las manos, ¿verdad? Quiero decir que la impotencia se me escurre entre los dedos y la distancia es ya insalvable. Triste, sí, triste todo y triste yo. Pero cierto como la vida mima, y cuando digo mima quiero decir a ostias. Esto no tenía que haber salido así, no tenías que hacerme tanto daño, no estaba en los planes. Aquí arriba aún suena el eco constante preguntándome, como si yo tuviera la más mínima idea, de qué cojones pasa por tu mente. De qué tienes en la cabeza (porque, créeme, ningún intento mío de dar explicaciones ha servido). En qué te has convertido.
Pero hace exactamente un año aprendí a refugiarme en los cimientos cuando todo lo demás se derrumba. A que si la luna se apaga y su luz deja de guardarnos, siempre podré desplegar las alas y encender mis cuatro estrellas de oro macizo. Siempre vienen bien unos ojos a los que mirar cuando la vida se nos enreda en la garganta, a los que mirar y simplemente entender. Hablo de los ojos-hoguera en una noche de enero. De esos que quitan los escalofríos tan suave que apenas lo notas en las venas. Hasta que dejas de temblar y dices sí, tengo estrellas y a veces no tengo frío.
Necesito huir, como cada verano. Sé que se nota en mis palabras, que dan tumbos sin ningún tipo de sentido como reflejo de la mente que las engendra, sé que se nota que he perdido la calma, que no me queda ni una sola razón. Y, por supuesto, cuando una se vacía sé bien que huir por la salida de emergencia se convierte en la mejor alternativa posible. Considerando, por supuesto, la autodestrucción como una mala alternativa.
Porque lo es.
¿no?
No hay vuelta atrás, saltar o sumergirse, la caída o la asfixia, tú o yo. Crecer a trompicones nunca ha sido lo mío, se me nota en las manos, ¿verdad? Quiero decir que la impotencia se me escurre entre los dedos y la distancia es ya insalvable. Triste, sí, triste todo y triste yo. Pero cierto como la vida mima, y cuando digo mima quiero decir a ostias. Esto no tenía que haber salido así, no tenías que hacerme tanto daño, no estaba en los planes. Aquí arriba aún suena el eco constante preguntándome, como si yo tuviera la más mínima idea, de qué cojones pasa por tu mente. De qué tienes en la cabeza (porque, créeme, ningún intento mío de dar explicaciones ha servido). En qué te has convertido.
Pero hace exactamente un año aprendí a refugiarme en los cimientos cuando todo lo demás se derrumba. A que si la luna se apaga y su luz deja de guardarnos, siempre podré desplegar las alas y encender mis cuatro estrellas de oro macizo. Siempre vienen bien unos ojos a los que mirar cuando la vida se nos enreda en la garganta, a los que mirar y simplemente entender. Hablo de los ojos-hoguera en una noche de enero. De esos que quitan los escalofríos tan suave que apenas lo notas en las venas. Hasta que dejas de temblar y dices sí, tengo estrellas y a veces no tengo frío.
Necesito huir, como cada verano. Sé que se nota en mis palabras, que dan tumbos sin ningún tipo de sentido como reflejo de la mente que las engendra, sé que se nota que he perdido la calma, que no me queda ni una sola razón. Y, por supuesto, cuando una se vacía sé bien que huir por la salida de emergencia se convierte en la mejor alternativa posible. Considerando, por supuesto, la autodestrucción como una mala alternativa.
Porque lo es.
¿no?
domingo, 22 de junio de 2014
Mentira número 142: Con el sol
El verano. El verano, cielos. El verano es el campo, una guitarra, bandanas de colores, Malasaña, rock en directo, The Civil Wars, piernas ardiendo y noches en vela. Los pantalones llenos de flores de Blanca, el moreno de Lucía, mi vida careciendo de sentido cuando se vacía de ruido (y eso sí que es triste). Me preguntan si es que se fue la inspiración, pregunto yo si alguna vez se quedó y entonces me miran con los ojos vacíos para después cansarse de mí. Lo bueno es que ya estoy acostumbrada, y no me preguntéis cómo se acostumbra una a esas cosas porque os juro que tengo una presa de lágrimas justo detrás de los ojos y el día que abra las compuertas, la riada va a acabar con todas vuestras sorpresas. No estoy triste. No, de verdad, no tiene nada que ver con la tristeza, no se trata de autodestrucción, ni de heridas, ni de todo ese montón de frases en el aire empapadas de sangre. Es simplemente que Crono ha devorado también mis ganas, mis miradas a ese futuro prometido como si fuera una salvación anhelada. Pero yo en el futuro no veo más que abismo, que cosas que se terminan, cosas buenas que se terminan y yo marchitándome. La desesperación dio paso a una especie de madurez de hormigón que está acabando con mis alas.
Solía ser una niña preocupada por las fiestas de cumpleaños, por la soledad, solí ser una pre-adolescente preocupada por la virginidad. Y, mira, si la adolescencia es esto os podéis quedar con vuestras jodidas ganas de desaparecer constantes. Sí, hay cosas buenas, pero duran poco y por eso reniego. Todo el sudor que vertí desaparece con el río del que hablaba Manrique. Y luego el mar es ese del norte que espero me cure las espinillas donde tengo acumulada toda la rutina, toda la necesidad de formar unos cimientos sobre los que crecer y pudrirme, pudrirme como se pudren todas esas corbatas, todos esos fines de mes y todas esas vidas que se pudren. Que se pudren.
Supongo que es tarde y no debería estar aquí, pero escribir se me hace más fácil a estas horas porque todo pierde el sentido y se quedan los sentimientos desnudos, en bruto, ardiendo. Y alguien dijo un día (pongamos yo, hoy mismo), si vas a escribir que queme.
Entonces tengo que estar haciéndolo de puta madre, porque me abrasa la vida.
Solía ser una niña preocupada por las fiestas de cumpleaños, por la soledad, solí ser una pre-adolescente preocupada por la virginidad. Y, mira, si la adolescencia es esto os podéis quedar con vuestras jodidas ganas de desaparecer constantes. Sí, hay cosas buenas, pero duran poco y por eso reniego. Todo el sudor que vertí desaparece con el río del que hablaba Manrique. Y luego el mar es ese del norte que espero me cure las espinillas donde tengo acumulada toda la rutina, toda la necesidad de formar unos cimientos sobre los que crecer y pudrirme, pudrirme como se pudren todas esas corbatas, todos esos fines de mes y todas esas vidas que se pudren. Que se pudren.
Supongo que es tarde y no debería estar aquí, pero escribir se me hace más fácil a estas horas porque todo pierde el sentido y se quedan los sentimientos desnudos, en bruto, ardiendo. Y alguien dijo un día (pongamos yo, hoy mismo), si vas a escribir que queme.
Entonces tengo que estar haciéndolo de puta madre, porque me abrasa la vida.
sábado, 17 de mayo de 2014
Mentira número 141: Distracciones como prioridades
Val miraba cómo el sol se escondía, como con envidia, como con el alma. Yo la miraba a ella y sabía que pensaba, que pensaba mucho y muy fuerte y en silencio, quizás en todo lo que hemos crecido de repente, quizás en que no nos apetece crecer más. Y el sol seguía escondiéndose despacio y yo la miraba, yo la miraba porque a veces se convierte tanto en obra de arte que no me atrevo a apartar los ojos de ella porque siento que en un descuido de estos se me va a caer la vida. Con la suya o no, a lo mejor ella echa a volar y yo me desplomo, aunque siempre crea que es ella la que cae. Pero yo veo cómo crece cuando el sol se pone. Yo lo vi, estábamos en Madrid y la veía reír como ríe el cielo cuando ella le mira.
Y Lurp reía y Manu pensaba también, y Blanca mataba cosas pequeñas que volaban y fabricaba cosas grandes que vuelan, y por supuesto hablo de los pájaros de nuestras pequeñas cabezas.
No sé, han sido cosas grandes. O quizás no tanto, pero llevaban los colores del atardecer, naranja y amarillo y rosa, un poco de azul y algo de violeta, gris, blanco, y el negro de las sombras, y eso hacía que fueran enormemente bellas y yo las he querido hacer grandes para que al menos me llenen esto de aquí dentro. Quiero decir que aprovechar las lágrimas para empapar las cosas pequeñas y que se hinchen mucho mucho es una táctica inteligente. Y eso es algo que acabo de decidir, con todo el morro y toda la luz del mundo.
Hoy no necesito saber que estoy. Decidir abarcar lo efímero es más suicida que pretender abarcar lo infinito, al menos con lo segundo siempre hay tiempo de soñar que es posible.
No quiero que sea mentira eso de que la felicidad no existe, creo que lo importante está en que me dé igual. Cuando vives atardeceres que desmoronan el concepto de felicidad, que lo transforman, que lo desintegran, que lo desbancan, comienzas a entender ésta como una mera ilusión y adoptas otro sentimiento como estado pleno del alma.
Creo que es la plenitud de la que hablan los amarillos.
Y Lurp reía y Manu pensaba también, y Blanca mataba cosas pequeñas que volaban y fabricaba cosas grandes que vuelan, y por supuesto hablo de los pájaros de nuestras pequeñas cabezas.
No sé, han sido cosas grandes. O quizás no tanto, pero llevaban los colores del atardecer, naranja y amarillo y rosa, un poco de azul y algo de violeta, gris, blanco, y el negro de las sombras, y eso hacía que fueran enormemente bellas y yo las he querido hacer grandes para que al menos me llenen esto de aquí dentro. Quiero decir que aprovechar las lágrimas para empapar las cosas pequeñas y que se hinchen mucho mucho es una táctica inteligente. Y eso es algo que acabo de decidir, con todo el morro y toda la luz del mundo.
Hoy no necesito saber que estoy. Decidir abarcar lo efímero es más suicida que pretender abarcar lo infinito, al menos con lo segundo siempre hay tiempo de soñar que es posible.
No quiero que sea mentira eso de que la felicidad no existe, creo que lo importante está en que me dé igual. Cuando vives atardeceres que desmoronan el concepto de felicidad, que lo transforman, que lo desintegran, que lo desbancan, comienzas a entender ésta como una mera ilusión y adoptas otro sentimiento como estado pleno del alma.
Creo que es la plenitud de la que hablan los amarillos.
viernes, 11 de abril de 2014
Mentira número 140: Marzo trae calma
Doce de Marzo. Algo parecido a primavera. La noche es linda y joven, alguien toca la guitarra en el parque de los patos en frente de mi casa. La luna crece, la ventana está abierta, las tardes son eternas y hoy he decidido quedarme en casa. He bailado y ahora Paulo Coelho me da las buenas noches. Mi mente dibuja unos ojos verdes en mi cama, mi cuerpo pide él, mi mente pide algo que no es amor pero sabe a estrella. Pienso en todo lo que sufrí. Pienso en qué color tenía mi sangre unos meses atrás. Pienso en todo lo que ha pasado, en todos los que se han ido y en ese tarro en el que pone "future" que ahora está vacío porque vivo deprisa. Tú me das las buenas noches y yo me conformo con saber que soy libre.
Todo esto consiste en saber ser en la medida justa, el tiempo justo y de la manera precisa. A veces el cielo acompaña, a veces los acordes se clavan como dagas. A veces toca hundirse y otras toca una rumba de color rojo. A veces toca mirarla a los ojos y decirla lo mucho que la echo de menos, a veces toca bajar la mirada y notar cómo él llora por dentro. A veces la casa se queda pequeña y ya no sé ni lo que escribo, otras las mañanas son imposibles y los martes no existen.
Ordenarme los pensamientos es tan probable como ordenarle al sol que se nos caiga en el cielo de la boca, y que obedezca. Simplemente necesitaba que este torrente de palabras mal dichas, escritas y pensadas, abandonara por fin mi boca, que creo ya necesita llenarse de poesía. y besos.
Mi mente descansa de amor, muerte y felicidad. Tan sólo se llena de agua con sal y rompe en forma de olas contra las paredes de mi cráneo. El pecho está dormido y mis dedos hoy quieren salir a pasear.
Hoy es doce de Marzo, y es primavera. Primavera. Me toca lidiar con ella otro año más. Intentaremos hacernos el menor daño posible, sabe que si me hace daño la convertiré en invierno, y sé que las flores no lo podrían soportar.
Es la una y media de la noche, yo deliro, y el mundo ahora es entero mío.
Todo esto consiste en saber ser en la medida justa, el tiempo justo y de la manera precisa. A veces el cielo acompaña, a veces los acordes se clavan como dagas. A veces toca hundirse y otras toca una rumba de color rojo. A veces toca mirarla a los ojos y decirla lo mucho que la echo de menos, a veces toca bajar la mirada y notar cómo él llora por dentro. A veces la casa se queda pequeña y ya no sé ni lo que escribo, otras las mañanas son imposibles y los martes no existen.
Ordenarme los pensamientos es tan probable como ordenarle al sol que se nos caiga en el cielo de la boca, y que obedezca. Simplemente necesitaba que este torrente de palabras mal dichas, escritas y pensadas, abandonara por fin mi boca, que creo ya necesita llenarse de poesía. y besos.
Mi mente descansa de amor, muerte y felicidad. Tan sólo se llena de agua con sal y rompe en forma de olas contra las paredes de mi cráneo. El pecho está dormido y mis dedos hoy quieren salir a pasear.
Hoy es doce de Marzo, y es primavera. Primavera. Me toca lidiar con ella otro año más. Intentaremos hacernos el menor daño posible, sabe que si me hace daño la convertiré en invierno, y sé que las flores no lo podrían soportar.
Es la una y media de la noche, yo deliro, y el mundo ahora es entero mío.
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