martes, 6 de agosto de 2019

Mentira número 167: hemos cambiado

recuerdo hace años cuando en verano no podía dormir y ahora ni siquiera lo intento
también recuerdo que creía firmemente que jamás cambiaría mi manera de escribir y ahora uso las minúsculas
recuerdo que encendía velas a pesar del calor y me ponía For Emma, forever ago por enésima vez
a veces vivo el presente como si fuera un recuerdo
y siento un dolor que no es mío sino que lo será
un dolor que pertenece a la que seré dentro de un tiempo
y a veces quiero que pasen los meses y tú me hayas roto el corazón ya y yo ya lo haya superado
a veces me molesta sentir la tristeza de una ausencia que aún no ha sucedido
de alguien que acaba de llegar
pero es que me da tanto miedo y estoy tan segura de que al final va a suceder
te miro a los ojos cuando follamos y casi ya puedo ver cómo te vas
a pesar de que tengas tu piel pegada a la mía
y me susurres "eres preciosa"
alguna vez me has dicho que te miro con tristeza
cariño, tienes razón
mi alma viaja en el tiempo y me mira desde un futuro en el que tú ya no estás
y yo les cuento a los demás que mi primer amor un día me miró a los ojos y me dijo "yo no te quiero"
y a mí se me agrieta un poco el pecho pero tú no lo ves, cariño, en tu infinita inteligencia y en todo lo especial que te sabes
tú no me ves
me miras pero no me ves
y yo miro tus fotos y te veo
y te miro cuando no lo sabes y te veo
y te escucho cuando no hablas para nadie y te veo
y vuelvo a viajar en el tiempo
y en ese viaje me hago heridas otra vez
pero vivo así, niña, vivo así y estoy bien
en el fondo no te necesito
y no pasará nada cuando me rompas el corazón no será pa tanto
no será pa tanto

sábado, 20 de abril de 2019

Mentira número 166: anagnórisis

Hay un ritmo frenético de ruedas ahí fuera. De seres que giran sobre sí mismos, de huracanes y terrazas al sol, de compases y tonalidades y técnicas. Hay un mundo ahí fuera que me aterra, me apasiona, me excita, me irrita, me desgarra, me construye. Miro por la ventana y parece ser el mismo mundo de siempre. Los árboles del barrio, los coches aparcados, los edificios de en frente, el parque, las farolas. Es la misma ventana, el mismo marco, la misma manilla. Soy yo la misma mirando a través del cristal como un recién nacido, como una anciana, como un gato. Soy yo la misma que fui siempre. La misma que se muerde los dedos y los labios por dentro y se masturba en silencio y se ríe por todo. La que tararea y baila en la cocina a las dos de la mañana, y siente paz cuando todo el mundo duerme porque parece que está sola pero no quiere despertar sola. Soy yo la que mira incisiva a los ojos de los demás, pareciendo que quiere intimidar pero queriendo, en el fondo, que alguien la mire de vuelta. Soy la procrastinadora, la distraída, la torpe, la seductora, la mentirosa, la cómica, la estridente, la reina del baile, la sola, la acompañada, la desaparecida, la ausente, la protagonista. Soy la misma mezcla incongruente y arrolladora de siempre. Y ese mundo que me mira desde la ventana, que me golpea cuando salgo del portal y me acuna cuando vuelvo a casa a las cuatro de la madrugada, ese mundo que me desnuda y me viola y me sana y me regala y me acepta; ese mundo que me define, no soy yo. Hay algo dentro que es imperturbable. Algo en el centro que no tiene contacto con el exterior, y que sólo cambia esencialmente cuando esos estímulos de fuera pasan todos los filtros de mis distintas capas y llegan al núcleo en forma de sustancia mínima, luz y calor, reducción absoluta y concentrada. 
Y cuando eso sucede yo paro un momento, respiro hondo y cierro los ojitos, los abro y sigo riéndome igual, bailando igual, hablando igual, andando igual, mientras sé que en mi fondo algo ha cambiado  pero ellos no lo sabrán nunca. 
Porque al fin y al cabo soy la misma. 
Y hay un mundo ahí fuera.
Y si mi núcleo y él se encuentran, ambos se hundirían en la tierra. 

martes, 5 de junio de 2018

Mentira número 165: La continuación

Volver a empezar. Esa agridulce sensación a la que nos aferramos cuando queremos despojarnos de cosas, cuando queremos dar un por qué a nuestras repentinas ganas de ser diferentes. Diferentes que antes. "Un nuevo yo". Volver a empezar. Pero volver a empezar implica que algo ha acabado antes y a veces esa parte se nos olvida. A veces empezamos todo el rato, no dejamos de empezar. Pero nunca terminamos. Nunca nos atrevemos a arrancarnos todo eso que nos impide avanzar. Y nos decimos, "he cambiado", "ya estoy bien", con esa sonrisa forzada y ese miedo evidente a que todo el mundo sepa que, en el fondo, no es verdad. Y nos sumimos en una autocomplacencia de humo, en una risa constante que no nos pertenece, en fiestas a las que nunca se nos ha invitado con gente que no nos ve.
Yo ya no quiero volver a empezar. Lo he intentado mil veces, pero no sé hacerlo. Prefiero coleccionar arañazos y volver siempre a esa tristeza azul que escuece pero no abandona. Y volver también a las mismas canciones, a las mismas madrugadas, al mismo cristal frío tras el que brilla tenue mi trocito de ciudad. He intentado comprenderme, sobreponerme, pulirme, avanzarme. Volver a empezar. Pero yo no soy así. Yo soy todo lo que he sido, y soy eso gracias a que de vez en cuando retrocedo en el tiempo y me empapo de todo lo que me pesa.Y no sé ser de otra manera; sin la soledad punzante y las noches en silencio, sin la melancolía hasta los huesos y el éxtasis ocasional en el cuerpo, sin la estridencia y el secreto, sin los suspiros, sin las heridas, sin el hambre. No puedo; no quiero.
Así que comprenderán que yo ya no quiera volver a empezar nunca. Que me quedo donde siempre puedo volver, porque todo lo demás se deshace y estoy cansada de tener las manos llenas de polvo. Estoy, sí, cansada, tengo veinte años y estoy cansada, llevo una vida perfecta y aún así siento que llevo en mis hombros el cansancio de la tierra. Estoy agotada y ya no quiero luchar por descubrirme.
Que me quedo en el único lugar donde soy, donde creo, donde respiro.
Me quedo en mí.
Conmigo.

martes, 2 de mayo de 2017

Mentira número 164: En Madrid nunca hay silencio

De pronto vuelve esa sensación como un oleaje inmenso, vuelve esa amargura injusta, invertebrada, que me recorre las piernas y la espada y se me agarra al estómago, y respirar escuece otra vez y el sol sólo quema y el aire sólo es polvo y sólo me apetece perderme entre las sábanas como quien se pierde en el desierto y deshacerme como se deshacen las aspirinas en el agua y morirme, sí, incluso morirme aunque sea un rato y me pesan las manos me pesan y ojalá vivir, como dice Luci, en una canción de Club del río y elevarme como el polen y romperme como se rompe la piel en un orgasmo y agrietarme como el suelo en sequía y os juro, os juro que vuelve esa tristeza sin avisar que me recorre las venas las arterias los capilares las vías respiratorias las pupilas y todo se tambalea otra vez y yo me mareo, me mareo y me quiero ir me quiero ir me quiero
ir me
quiero ir me
quiero ir
me quiero ir
me quiero
ir me
quiero ir
me
quiero
ir
me

domingo, 13 de noviembre de 2016

Mentira número 163: Over soon

Domingos de paciencia y cobardía. Domingos en los que el simple hecho de respirar supone un acto de rebeldía. Recuperándome, como siempre. Pero recuperándome esta vez con saliva, sexo, otoño, cerveza, el pecho a rebosar y las cosas claras. O eso creo. O eso jamás se lo creerán, pero yo sí. Porque sé que al fin y al cabo y aunque cada día sea un no reconocerse, Ede sigue latiéndome en la mirada y eso sólo lo sabe quien se atreve a asomarse de cerca. Y eso sólo lo sabe Ede, que habla en tercera persona y sonríe porque el sonido de las barreras derrumbándose es más bonito que el silencio de la desidia.
Una despedida en los oídos, en frío anclado en los pies y luces en la ventana. Y una especie de calma azul pegadita a la garganta. Escondida en el fondo. Dejándome llevar como dice Pucho, como nunca me atreví a hacerlo.
Puede que se cabe pronto.
Puede que el abismo esté cerca, que el destrozo sea inminente, inevitable. Pero al fin y al cabo, qué puedo hacer sino esperarlo con los brazos abiertos, los labios salados, las uñas mordidas, el pelo enredado
y sin una
pizca
de miedo.

lunes, 10 de octubre de 2016

Mentira número 162: Hace demasiado calor para ser otoño

Después de todo, hay cosas de las que creí que jamás escribiría. Como esa sensación de que una parte de tu corazón se haga cachitos en un banco de un parque cualquiera, de la mano de alguien que un día fue tu alma gemela y sostuvo tu bolita del pecho entre las manos. Lo injusto de que el amor se acabe. Lo injusto de que alguien que fue tú se vaya sin más pretexto que la indiferencia más sucia. O eso me dieron a entender sus ojos.
Tampoco creí que jamás escribiría sobre follar mirando a los ojos, y empaparse en el sudor de otro, y no tenerle miedo a la cama deshecha, al silencio, a desgastarse los labios, a buscar cobijo en un cuerpo.
Así que supongo que para todo hay una primera vez. Que siempre puede ser la primera mentira número ciento sesenta y dos, que siempre puede volver el invierno y que, al fin y al cabo, ya no tengo todo el tiempo del mundo, pero casi. Que siempre puede ser octubre otra vez, que el verano se acaba y que la bolita cambia de color.
La misma esencia, las mismas alas, la mirada cargada de cosas diferentes.
Y bienvenidos seáis, ausencia, desgarro, injusticia, refugio, sexo, impotencia, luz.
Luz.
Bienvenida seas, luz. Y todo lo que conllevas.