no escribas desde la rabia. gestiona, respira, perdona. no mientas, no pongas mala cara. sonríe, agradece, disculpa. sé tú misma pero no mucho, ve lejos pero depende de cómo, de cuánto, revélate mientras sea válido, estético, poético. sangra y escríbelo, pero que no se te vea, queda feo. comprende pero imponte, date valor pero cíñete a la definición de valor que se te enseñó, y cuestiónalo todo menos eso. ama pero sé fuerte. ama pero no fuerte; es obsceno. es injusto. ten amigos, sé fiel, ríete y bebe, pero mantén el tipo y produce, sé útil, levántate pronto, muévete rápido, come bien, viste bien, besa bien. sé educado pero transgresor, sé insolente pero depende de dónde, y si algún día te equivocas lo habrás hecho pa siempre. actualízate, infórmate, ten una opinión para todo pero sé humilde, sé zen, chi, mindful, healthy. sé dios pero no lo digas, sé humano pero no lo enseñes, olvídate de lo que has aprendido pero ten información para sobrevivir, para no ser un animal, una alimaña, una bestia. no te quedes atrás pero no corras; la gente no podrá seguirte. mantén la esperanza pero no creas en nada. sé nihilista, relativista, romanticista. folla pero sólo con las personas necesarias, con los fluidos necesarios, por los motivos necesarios. enamórate pero que no duela; sé racional, imparcial, generoso, comprensivo, individualista, desapegado... pero enamórate. y usa para ello versos de Lorca, canciones de Silvio, cuadros de Schiele; pero sólo como símbolo poético. luego, ama sin romanticismo. ama con razón.
y si no entiendes las reglas, finge
o mátate
:)
"muchachas con el rostro hacia las nubes para que el chaparrón borre por fin las lágrimas" -M. Benedetti
miércoles, 1 de julio de 2020
domingo, 10 de mayo de 2020
mentira número 177: un suspiro
Sé que algo no va bien cuando el simple hecho de pensar en ponerle palabras a lo que siento me genera una mezcla entre miedo, desidia y pereza. Siempre lo he sabido. Cuando prefiero coger el móvil y deslizar el dedo por palabras y fotos ajenas, hacerme un té o simplemente mirar por la ventana. Cuando no quiero escribir sobre cómo me siento, es ahí dónde sé que se ha apretado el nudo.
Últimamente no me encuentro en lo que es mío. He dejado tanto en las canciones, las entrevistas, su cama, la fruta que le compro a Ahmed, los ejercicios, los abrazos a mamá, las series de televisión, las redes sociales, las conversaciones con Luci, los pensamientos en la pandemia, mi hermano, la ducha, la comida, la cerveza de después de cenar, las miradas inconscientes a la pantalla de mi móvil a ver si ella ha escrito... he dejado tanto de mí en todo eso que últimamente me levanto de la cama y no tengo ni idea de cómo enfrentarme al día. Hago cosas, hablo con la gente, me muevo, sudo, tarareo canciones, cocino, pierdo el tiempo. Todo ello impulsada por una especie de fuerza mínima invisible, una inercia insulsa y tenue. No tengo pasión. A veces siento un poco de miedo, un poco de calma, un poco de felicidad, un poco de añoranza, un poco de rabia. Pero no encuentro la pasión. No sé si la perdí o me la ahogaron, no sé si me la dejé en pensar en ella, en mis canciones o en el fin improbable de este encierro. El caso es que cada mañana abro los ojos, y no siento nada. Me tomo el café y no siento nada. Me abraza mi hermana y no siento nada. Me siento a escribir y no siento nada. Llega la noche, cierro la tapa del portátil, apago las luces, cierro los ojos. Y nada. Sólo algo de miedo de que ella se aleje y yo no sepa curarme, de que todas las buenas ideas en las que creo y que tengo dentro de mi cabeza se queden ahí y jamás nadie las vea, y sea pobre y me apague, de que nada vuelva a ser como antes. Pero ni siquiera ese miedo es para tanto. Nada es para tanto.
Me preguntan que cómo estoy y me quedo en blanco. Sabría cómo estoy si supiera dónde. Pero no me encuentro. Y lo peor es que en el fondo me da un poco igual.
Últimamente no me encuentro en lo que es mío. He dejado tanto en las canciones, las entrevistas, su cama, la fruta que le compro a Ahmed, los ejercicios, los abrazos a mamá, las series de televisión, las redes sociales, las conversaciones con Luci, los pensamientos en la pandemia, mi hermano, la ducha, la comida, la cerveza de después de cenar, las miradas inconscientes a la pantalla de mi móvil a ver si ella ha escrito... he dejado tanto de mí en todo eso que últimamente me levanto de la cama y no tengo ni idea de cómo enfrentarme al día. Hago cosas, hablo con la gente, me muevo, sudo, tarareo canciones, cocino, pierdo el tiempo. Todo ello impulsada por una especie de fuerza mínima invisible, una inercia insulsa y tenue. No tengo pasión. A veces siento un poco de miedo, un poco de calma, un poco de felicidad, un poco de añoranza, un poco de rabia. Pero no encuentro la pasión. No sé si la perdí o me la ahogaron, no sé si me la dejé en pensar en ella, en mis canciones o en el fin improbable de este encierro. El caso es que cada mañana abro los ojos, y no siento nada. Me tomo el café y no siento nada. Me abraza mi hermana y no siento nada. Me siento a escribir y no siento nada. Llega la noche, cierro la tapa del portátil, apago las luces, cierro los ojos. Y nada. Sólo algo de miedo de que ella se aleje y yo no sepa curarme, de que todas las buenas ideas en las que creo y que tengo dentro de mi cabeza se queden ahí y jamás nadie las vea, y sea pobre y me apague, de que nada vuelva a ser como antes. Pero ni siquiera ese miedo es para tanto. Nada es para tanto.
Me preguntan que cómo estoy y me quedo en blanco. Sabría cómo estoy si supiera dónde. Pero no me encuentro. Y lo peor es que en el fondo me da un poco igual.
viernes, 24 de abril de 2020
mentira número 176: ni idea
qué curiosa la sensación de sentir el aire. quiero decir, sentirlo de verdad. sentir de dónde de viene, a dónde va. como si tuviera dedos que te rozan la cara en distintas direcciones. a veces me da miedo estar tan segura de que va a salir bien. luego pienso que no es un pensamiento, no es un mantra que me repito para convencerme. es una sensación. y luego viene todo lo demás.
los creadores somos creadores porque tenemos la absurda creencia de que a la gente le importa lo que sentimos. a menudo me preguntan cómo lo supe. cuándo. pero la verdad es que no lo sé. lo siento. y por eso funciona. (si es que de verdad funciona, claro)
oigo las sirenas de la policía y la ambulancia y siento que se comunican entre ellas. es como si no hubiera una tragedia detrás. qué extraña la manera que tienen las cosas de cobrar un sentido distinto según quién las mire. oigo un montón de cosas más que no sé definir. oigo a la gente que dice que hay que dejar de pensar. no sé cómo se atreven. quiero decir, cómo osan y cómo se aventuran a intentarlo. para mí nunca fue una opción. jamás. por eso tengo tantas libretas empezadas, tantas notas en el móvil, tantas melodías, tantas ideas. tantas ideas que a veces siento que no existen en el mundo formas suficientes de hacerlas realidad.
compartir todo lo que sentimos como si a la gente le importara, ¿nos debilita? ¿nos fortalece? puede que ni la una ni la otra. de hecho si tengo que inclinarme hacia alguna de las dos, me quedaría en el punto medio. en ese equilibrio que no existe.
es agotadora la necesidad de expresar todo lo que pasa por este busto. sigo sin saber si sirve para algo. y por eso supongo que lo hago sin cesar; porque aun sin utilidad, por alguna inercia cuyo sentido desconozco, quiero hacerlo constantemente. qué difícil detectar lo que uno quiere. más allá de lo que debe, tiene, corresponde, urge, sirve. lo que uno quiere sin más.
yo quise sin más escribir estas palabras a la una y veintidós del veinticinco de abril de dos mil veinte. día cuarenta y uno.
cada uno, en su casa, con su bendita mierda. y dios, como dice mamá, en la de todos.
los creadores somos creadores porque tenemos la absurda creencia de que a la gente le importa lo que sentimos. a menudo me preguntan cómo lo supe. cuándo. pero la verdad es que no lo sé. lo siento. y por eso funciona. (si es que de verdad funciona, claro)
oigo las sirenas de la policía y la ambulancia y siento que se comunican entre ellas. es como si no hubiera una tragedia detrás. qué extraña la manera que tienen las cosas de cobrar un sentido distinto según quién las mire. oigo un montón de cosas más que no sé definir. oigo a la gente que dice que hay que dejar de pensar. no sé cómo se atreven. quiero decir, cómo osan y cómo se aventuran a intentarlo. para mí nunca fue una opción. jamás. por eso tengo tantas libretas empezadas, tantas notas en el móvil, tantas melodías, tantas ideas. tantas ideas que a veces siento que no existen en el mundo formas suficientes de hacerlas realidad.
compartir todo lo que sentimos como si a la gente le importara, ¿nos debilita? ¿nos fortalece? puede que ni la una ni la otra. de hecho si tengo que inclinarme hacia alguna de las dos, me quedaría en el punto medio. en ese equilibrio que no existe.
es agotadora la necesidad de expresar todo lo que pasa por este busto. sigo sin saber si sirve para algo. y por eso supongo que lo hago sin cesar; porque aun sin utilidad, por alguna inercia cuyo sentido desconozco, quiero hacerlo constantemente. qué difícil detectar lo que uno quiere. más allá de lo que debe, tiene, corresponde, urge, sirve. lo que uno quiere sin más.
yo quise sin más escribir estas palabras a la una y veintidós del veinticinco de abril de dos mil veinte. día cuarenta y uno.
cada uno, en su casa, con su bendita mierda. y dios, como dice mamá, en la de todos.
martes, 21 de abril de 2020
mentira número 175: el adjetivo que se repite y se repite
A menudo, cuando me asomo a mi ventana y observo el mismo paisaje que desde hace exactamente 38 días es testigo de mi balanceo, siento una especie de calma honda. Dejo de estar enfadada.
Supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía. Durante toda mi vida he sentido que de alguna manera, esa calma definitiva que me viene a visitar (muy) de vez en cuando es, lejos de lo esperado, un signo de peligro. En los demás sé identificar rápida y claramente cuando el tormento es una pieza fabricada por la misma persona que la maldice, para que funcione el enrevesado engranaje de las mentes complicadas que sitúan gran parte de su identidad en la pena y la complicación, como parte de una necesidad generada de identificarse con una parte oscura, ciega, y tener así la excusa del "aquí nadie puede entrar, ni siquiera (y mucho menos) yo".
Yo conocí esa pena antes de lo que nadie se merece. Desde los trece hasta los diecisiete estuve en guerra con todo. Cuando traigo consciente y concienzudamente un recuerdo de aquella época a mi cabeza, la memoria sensorial trae de vuelta la sensación de una losa de piedra sobre los hombros y una daga clavada en la boca del estómago. Nunca fui una niña infeliz, pero sentía una herida que me cubría toda la piel, supurando noche y día. Sentía que todo, menos un par de personas, un par de lugares y (siempre, todas) las canciones, existía para arañarme.
Eme una vez me dijo que a veces mantenemos relaciones dañinas porque el dolor es lo único que nos une a una persona a la que, en el fondo, no queremos dejar ir. Supongo que lo mismo sucede con las diferentes personas que has sido a lo largo de tu vida. Yo perdoné a aquella niña asustada, egocéntrica y tremendamente sensible hace mucho tiempo, pero de alguna manera siento que desprenderme del todo de una pena que nació con ella es desprenderme de ella también. Ella, que tanto me ha enseñado. Aunque es injusto decir que sólo estaba hecha de desconsuelo. Recuerdo también una honda consciencia de sí misma, un profundo amor, las tardes en el pueblo mirando al cielo, los abrazos a mamá, For Emma, forever ago, una linda promesa latiéndole a aquella niña en el pecho.
Lo que quiero decir con todo esto es que cuando siento esa calma inmensa al asomarme a la ventana de mi habitación y mirar el barrio, me viene a la mente la pena como una especie de esposa a la que estoy siendo infiel. Sé lo absurdamente romántico que suena esto, pero supongo que es una sensación que he tenido siempre tan cercana que me asusta la idea de perderla. Entonces me vienen a la mente esos juicios que he hecho de manera tan rotunda a todas esas personas enamoradas de su dolor, y pienso que quizás no soy tan distinta a ellas.
Pero, pensándolo bien, esa calma es lo que siempre busqué. No existe sin la pena, y la pena no existe sin ella.
Y vuelvo al principio, "supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía".
Supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía. Durante toda mi vida he sentido que de alguna manera, esa calma definitiva que me viene a visitar (muy) de vez en cuando es, lejos de lo esperado, un signo de peligro. En los demás sé identificar rápida y claramente cuando el tormento es una pieza fabricada por la misma persona que la maldice, para que funcione el enrevesado engranaje de las mentes complicadas que sitúan gran parte de su identidad en la pena y la complicación, como parte de una necesidad generada de identificarse con una parte oscura, ciega, y tener así la excusa del "aquí nadie puede entrar, ni siquiera (y mucho menos) yo".
Yo conocí esa pena antes de lo que nadie se merece. Desde los trece hasta los diecisiete estuve en guerra con todo. Cuando traigo consciente y concienzudamente un recuerdo de aquella época a mi cabeza, la memoria sensorial trae de vuelta la sensación de una losa de piedra sobre los hombros y una daga clavada en la boca del estómago. Nunca fui una niña infeliz, pero sentía una herida que me cubría toda la piel, supurando noche y día. Sentía que todo, menos un par de personas, un par de lugares y (siempre, todas) las canciones, existía para arañarme.
Eme una vez me dijo que a veces mantenemos relaciones dañinas porque el dolor es lo único que nos une a una persona a la que, en el fondo, no queremos dejar ir. Supongo que lo mismo sucede con las diferentes personas que has sido a lo largo de tu vida. Yo perdoné a aquella niña asustada, egocéntrica y tremendamente sensible hace mucho tiempo, pero de alguna manera siento que desprenderme del todo de una pena que nació con ella es desprenderme de ella también. Ella, que tanto me ha enseñado. Aunque es injusto decir que sólo estaba hecha de desconsuelo. Recuerdo también una honda consciencia de sí misma, un profundo amor, las tardes en el pueblo mirando al cielo, los abrazos a mamá, For Emma, forever ago, una linda promesa latiéndole a aquella niña en el pecho.
Lo que quiero decir con todo esto es que cuando siento esa calma inmensa al asomarme a la ventana de mi habitación y mirar el barrio, me viene a la mente la pena como una especie de esposa a la que estoy siendo infiel. Sé lo absurdamente romántico que suena esto, pero supongo que es una sensación que he tenido siempre tan cercana que me asusta la idea de perderla. Entonces me vienen a la mente esos juicios que he hecho de manera tan rotunda a todas esas personas enamoradas de su dolor, y pienso que quizás no soy tan distinta a ellas.
Pero, pensándolo bien, esa calma es lo que siempre busqué. No existe sin la pena, y la pena no existe sin ella.
Y vuelvo al principio, "supongo que los que nutrimos nuestra creación del desequilibrio le tenemos un miedo atroz a la armonía".
domingo, 29 de marzo de 2020
mentira número 174: buena y pura
Dice Paula que soy buena y pura. Y que eso está bien. Yo no quiero ser ni buena ni pura, Paula. Quiero ser fría. Como los que usan su dolor y lo venden. Quiero ser un libro cerrado. La caja negra de un avión. No quiero querer desnuda, no quiero ser siempre hasta la última consecuencia. Quiero poder evitarlo. Quiero ser despiadada. Mentir y que no se me revuelva el estómago. Jurar y que no se me enciendan los ojos. No sé de qué sirve ser buena y pura.
"Ojalá pase algo que te borre de pronto, (...) para no verte tanto, para no verte siempre."
Entiendo que a veces lo natural no es justo. Como la muerte de un abuelo. Como que te rompan el corazón. Lo entiendo y aún así me muerdo los labios, me rasco la cabeza, me doy una ducha por la noche de agua ardiendo, para quitarme el frío que me produce ser buena y pura. Para quitarme la rabia, la histeria, la incertidumbre, la pena que me produce ser buena, y pura.
Yo no quiero ser buena ni pura. Quiero poder afirmar "besé unos labios pensando en otros" y que no se me caiga la cara al suelo, ni que un retortijón me recorra las tripas. Quiero poder decir que no pasa nada sin que sea verdad, quiero reírme sin que me haga gracia, escribir mentiras, cantar penas ajenas, tener amigos que en el fondo no me caen bien. Supongo que así todo sería más fácil. Supongo que así entendería cómo funciona el mundo, eso de la protección y las corazas, eso de "tienes que entender que". Pero no, no entiendo lo que no sale de las vísceras. Practicar lo que desaprobaste, y nunca rectificar. Creer en un amor que destroza. No lo entiendo. Y me pesa.
Me vienen entonces a la mente las palabras de aquella canción de Martha (precisamente, Martha)
"Y le pido al cielo que me lleve, y que no me deje aquí agonizando entre tanta gente normal"
Mamá dice que cada noche antes de dormir lee un rato, hace sus respiraciones, e imagina que blinda sus sistema inmunitario para que no entre ningún bicho.
Mamá, yo quiero blindar mi pecho.
Y dejar de ser.
Buena y pura.
"Ojalá pase algo que te borre de pronto, (...) para no verte tanto, para no verte siempre."
Entiendo que a veces lo natural no es justo. Como la muerte de un abuelo. Como que te rompan el corazón. Lo entiendo y aún así me muerdo los labios, me rasco la cabeza, me doy una ducha por la noche de agua ardiendo, para quitarme el frío que me produce ser buena y pura. Para quitarme la rabia, la histeria, la incertidumbre, la pena que me produce ser buena, y pura.
Yo no quiero ser buena ni pura. Quiero poder afirmar "besé unos labios pensando en otros" y que no se me caiga la cara al suelo, ni que un retortijón me recorra las tripas. Quiero poder decir que no pasa nada sin que sea verdad, quiero reírme sin que me haga gracia, escribir mentiras, cantar penas ajenas, tener amigos que en el fondo no me caen bien. Supongo que así todo sería más fácil. Supongo que así entendería cómo funciona el mundo, eso de la protección y las corazas, eso de "tienes que entender que". Pero no, no entiendo lo que no sale de las vísceras. Practicar lo que desaprobaste, y nunca rectificar. Creer en un amor que destroza. No lo entiendo. Y me pesa.
Me vienen entonces a la mente las palabras de aquella canción de Martha (precisamente, Martha)
"Y le pido al cielo que me lleve, y que no me deje aquí agonizando entre tanta gente normal"
Mamá dice que cada noche antes de dormir lee un rato, hace sus respiraciones, e imagina que blinda sus sistema inmunitario para que no entre ningún bicho.
Mamá, yo quiero blindar mi pecho.
Y dejar de ser.
Buena y pura.
sábado, 21 de marzo de 2020
mentira número 173: tengo que dejar de fumar
Madrid. 21 de marzo de 2020. Una pandemia mundial acecha a toda la ciudad, igual que a muchas otras ciudades del planeta. Realmente jamás pensé que escribiría una frase así, y menos de forma literal. La literalidad últimamente se ha impuesto a la poética. Literalmente no puedo salir de mi casa más que para comprar comida. Literalmente no puedo ver a mis seres queridos, más allá de mis padres y mi hermana. Literalmente no sé cuándo voy a volver a andar por la calle sin correr el riesgo de que un policía me multe o me arreste. Y todo esto ha hecho que todo lo demás sea menos importante. Mejor dicho, menos crucial. A mí me siguen importando las emociones calladas y punzantes que afloran en mi estómago después de comer, o cuando permanezco quieta en mi cama después de despertarme y antes de salir de ella, o a las tres de la mañana cuando me fumo un cigarro totalmente innecesario. Anoche, a las tres de la mañana, me asomé al ventanal de mi salón para fumarme un cigarro totalmente innecesario. Vi a los gatos (muchos más de los que había visto jamás en mi calle a esas horas) merodeando entre los coches, los setos, corriendo por las aceras. Vi alguna luz encendida en los edificios de en frente. Escuché algún coche lejano. Escuché. Volví a escuchar. Y me topé con el silencio más absoluto, arrollador, crudo, incontestable, definitivo, rotundo e inmenso que he escuchado en toda mi vida. Pensé entonces, "a esto se reduce todo. Todo lo que creamos, todo lo invencibles que nos creímos; un desierto más". Me puse de repente muy triste. Siendo una pandemia mundial un problema irrefutablemente trascendente, a mí me seguía doliendo esa tristeza callada y punzante de mi estómago. Siendo una tristeza compartida nacionalmente, a mí me seguía pareciendo que nadie lo entendía.
Pensé en mi prima. En su capacidad para transformarlo todo en un atardecer de verano. En que, viviendo a cuatro calles de mí, nunca habría imaginado que ir a verla supondría un delito. Siempre dije que nada, jamás podría separarme de ella. Little did I fucking know.
Pensé en mi hermana. En la imagen suya merodeando por la casa, buscando algo a lo que aferrarse, para acabar, como siempre, tumbada en el sofá con el móvil entre las manos. Nunca pensé que me dolería tanto escribir que, en el fondo, la compadezco un poco.
Pensé en mi madre. Ahí fuera, luchando contra un virus que está transformando el mundo. Aquí en casa, me resulta insoportable su constante discurso sobre lo que está bien y lo que está mal. Jamás había sido tan consciente como ahora.
Pensé en Adri. Cómo estará Adri.
Pensé en mi chica. Con lo muchísimo que valoré siempre tocar su cuerpo, besar su cara, oler su olor, ahora me parece que ni siquiera todo es valor fue suficiente. Ayer la dije que me daba miedo que esto nos hiciera daño. Ella me dijo que me quería. Yo seguí teniendo miedo de que esto nos hiciera daño. De que cuando todo esto acabe pasemos una, dos, tres semanas quizás en una explosión arrolladora de liberación, fascinación, éxtasis, y que las semanas de después, en comparación, nos hagan darnos cuenta de que nada fue para tanto. De que nunca fuimos para tanto.
Pensé en mí. Me vi desde fuera, apoyada en la baranda, fumando un cigarro (innecesario), con la cabeza rapada enfundada en una capucha negra de pelo. "Qué romántica ha sido siempre. Pareces la escena de una película indie francesa", pensé. Me reí un poco. Luego me puse mucho más triste que antes. Pensé que quizás sin los bares y los abrazos, yo no soy nada. Pensé después que si no fuera nada, esta tristeza no existiría. Pensé que esa tristeza ya existía antes del confinamiento, y me sentí aliviada.
Al final, como siempre, es la tristeza la que me proporciona el equilibrio que me conecta con el mundo.
(Qué romántica he sido siempre.)
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