Mi corazón, y mi habitación. No es mal símil. Caos absoluto, que cada X tiempo pide a gritos orden. Y se lo das, sólo para poder respirar, sin darte cuenta hasta unos momentos después, que es en tu particular caos donde realmente respiras con toda tu alma.
Me gusta respirar. No sé si sois conscientes del privilegio que se nos brinda cuando alguien nos da un par de bolsas y nos las coloca en el pecho, para quitarle trabajo al corazón. O a mi habitación. O.
Podría escribir lo frío que está siendo este diciembre, lo gris, lo bello, lo extraño, mis noches. Pero, bueno, simplemente diré que se me llena de polvo la nariz cada vez que huelo la escarcha del fondo. Del fondo de aquí dentro, digo. Que se congela por momentos, y es terrorífica la forma en la que resulta reconfortante. Siempre tuve algún extraño vínculo con el frío, quizás porque somos iguales. Azules, punzantes, absolutos.
Es curioso cómo también, todo mi alrededor se ha tornado hielo, y mientras yo bajo mis grados en consecuencia, ellos me gritan desde el fondo que no me atreva a bajar ahí. Que luego no hay sol de verano que deshaga tanto estropicio. Y qué hago yo ahora, si no me entiendo ni yo. Es que, jamás me gustó el cero. Ni para grados, ni para gotas de lluvia, ni para uñas en el cuello. Mis virtudes jamás se encontraron en ningún término medio, y por término podría terminar en tu garganta, pero eso es otro tema.
Creí que ésto de acostumbrarse a la soledad tendría un límite. Y creí que, a pesar de necesaria y deliciosa a veces, jamás terminaría de ser agradable. Y ahora, la luna luce más linda cuando no la comparto con nadie. Ahora camino sola, por las calles mojadas, y por todo lo de más. Y no me desagrada. Me he enamorado de la calma, de la quietud, del sosiego que me abraza mientras aquí dentro todo explota, pero siempre en silencio.
Me gusta estar así. En estado de espera, como bien cantó Robe una vez, y canta cada día en mi cabeza. Últimamente son esas voces rasgadas la única compañía que me apetece. Últimamente somos yo y mis fantasmas, yo y mis pájaros, yo encerrada en mí, introspección y paz. Una paz que desconocía y que ahora se amolda a cada rinconcito de mi forma y me paraliza. Quédate quieta. Respira. Calla.
Y qué si me reduzco a ésto.
Y qué si era ésto lo que traía diciembre.
y qué si es mucho lo que se lleva
"muchachas con el rostro hacia las nubes para que el chaparrón borre por fin las lágrimas" -M. Benedetti
jueves, 19 de diciembre de 2013
viernes, 13 de diciembre de 2013
Mentira número 132: Los tópicos no se hacen viejos
Hola.
He venido para deciros que acabo de dejar de creer en los cumpleaños.
Una fecha no es decisiva. En un día no ocurre nada lo suficientemente relevante como para sentirse diferente como persona. La madurez no aumenta cada trescientos sesenta y cinco días, como quien se pasa el nivel de un videojuego. No existen las fiestas de cumpleaños ostentosas y alegres, con globos, y tartas, y risas -no- fingidas. No hay ese regalo. No se cambian las costumbres en veinticuatro horas. No.
Supongo que es triste perder la ilusión de un cumpleaños. Supongo que esa es una de las heridas que jamás le perdonaré al tiempo y, supongo, que ésto no era lo que esperábais leer el día que cumpliera los ansiados sweet sixteen.
Es que no es real. Un día te levantas y esperas que algo se mueva en la boca de tu estómago, pero resulta que tan sólo es hambre de un qué que no conoces aún. Días previos, contar las horas, todo eso se desvanece cuando te das cuenta de que al fin y al cabo, todo es una excusa. A mi favor, cuando los de verdad -que cada vez tengo más meridiano quiénes, aunque no lo quiera ver- te escriben de repente lo importante que eres en la rutina, o la excepción. Y eso siempre ayudó, y ayudará. Y ayuda hoy, un catorce de diciembre. En mi contra, cuando de repente miras a tus amigos -me encantaría poder contaros qué significa esa palabra para mí, pero no hoy. Eh, es mi cumpleaños- y ves que te sonríen como quien sonríe ante la educación o la simple cordialidad, que es peor. Cuando buscas en sus pupilas mientras escuchas un fingido "¡feliz cumpleaños!", y no ves nada. Nada. Quizás ganas de pasarlo bien, maquillaje, luces y fotografías. Nada.
Te replanteas el sentido del ansiado día cuando la hipocresía y la alegría forzada salen a flote en personas que, vaya, hasta creías importantes.
Aunque supongo que tiene su parte buena. Ya sabéis, por eso de que es mejor tener un jardín de lirios que mil hectáreas de rastrojos. De esos que se queman. Con fuego. Y rabia. Pero ese es otro tema.
Los primeros tres cuartos de hora de mi día -pero qué gilipollez tan enorme, ojalá pudiera realmente poseer mil cuatrocientos cuarenta minutos y moldearlos a mi antojo- han sido, algo así como curiosos. Podría calificarlos como deprimentes, patéticos, felices, o una lección de vida. Pero lo dejaré en ese adjetivo que tanto me gusta. Curiosos.
Pues bien, mil sandeces tecleadas sin seguramente haber sido pensadas me esperan para ser leídas. Tengo dos opciones: destruirme, o carcajearme. Creo, elegiré la segunda.
Por eso de que te tienes que reír mucho el día de tu cumpleaños .
He venido para deciros que acabo de dejar de creer en los cumpleaños.
Una fecha no es decisiva. En un día no ocurre nada lo suficientemente relevante como para sentirse diferente como persona. La madurez no aumenta cada trescientos sesenta y cinco días, como quien se pasa el nivel de un videojuego. No existen las fiestas de cumpleaños ostentosas y alegres, con globos, y tartas, y risas -no- fingidas. No hay ese regalo. No se cambian las costumbres en veinticuatro horas. No.
Supongo que es triste perder la ilusión de un cumpleaños. Supongo que esa es una de las heridas que jamás le perdonaré al tiempo y, supongo, que ésto no era lo que esperábais leer el día que cumpliera los ansiados sweet sixteen.
Es que no es real. Un día te levantas y esperas que algo se mueva en la boca de tu estómago, pero resulta que tan sólo es hambre de un qué que no conoces aún. Días previos, contar las horas, todo eso se desvanece cuando te das cuenta de que al fin y al cabo, todo es una excusa. A mi favor, cuando los de verdad -que cada vez tengo más meridiano quiénes, aunque no lo quiera ver- te escriben de repente lo importante que eres en la rutina, o la excepción. Y eso siempre ayudó, y ayudará. Y ayuda hoy, un catorce de diciembre. En mi contra, cuando de repente miras a tus amigos -me encantaría poder contaros qué significa esa palabra para mí, pero no hoy. Eh, es mi cumpleaños- y ves que te sonríen como quien sonríe ante la educación o la simple cordialidad, que es peor. Cuando buscas en sus pupilas mientras escuchas un fingido "¡feliz cumpleaños!", y no ves nada. Nada. Quizás ganas de pasarlo bien, maquillaje, luces y fotografías. Nada.
Te replanteas el sentido del ansiado día cuando la hipocresía y la alegría forzada salen a flote en personas que, vaya, hasta creías importantes.
Aunque supongo que tiene su parte buena. Ya sabéis, por eso de que es mejor tener un jardín de lirios que mil hectáreas de rastrojos. De esos que se queman. Con fuego. Y rabia. Pero ese es otro tema.
Los primeros tres cuartos de hora de mi día -pero qué gilipollez tan enorme, ojalá pudiera realmente poseer mil cuatrocientos cuarenta minutos y moldearlos a mi antojo- han sido, algo así como curiosos. Podría calificarlos como deprimentes, patéticos, felices, o una lección de vida. Pero lo dejaré en ese adjetivo que tanto me gusta. Curiosos.
Pues bien, mil sandeces tecleadas sin seguramente haber sido pensadas me esperan para ser leídas. Tengo dos opciones: destruirme, o carcajearme. Creo, elegiré la segunda.
Por eso de que te tienes que reír mucho el día de tu cumpleaños .
domingo, 8 de diciembre de 2013
Mentira número 131: Se me han acabado las salvaciones
Si escribís para no dejarlo todo perdido de dolor, entonces entenderéis la de valentía que hay que reunir para sentarse aquí a teclear todas las estupideces que se acumulan en esta puta cuidad.
Tenemos un problema. La soledad ha aprendido a correr y ahora no hace más que perseguirme. A mí jamás se me dio bien huir de nada, así que aquí estoy, haciéndole frente como si de uno de esos obstáculos vitales se tratara. Pero no, la soledad va de otro color.
Lo más duro de huir de Madrid en los puentes, es tener que volver y ver que el mundo que tanto te costó construir ahí fuera, es sólo una paralela irrealidad creada por la necesidad de la tristeza maquillada de bohemia. El gris de la boina madrileña me recuerda que el invierno más duro del mundo me está esperando entre edificios altos y caras largas mal teñidas de sonrisas.
Por suerte aún queda algo de calor entre la niebla, mientras ella te abraza y derrama unas lágrimas que, de alguna paradójica forma, te hacen sentir que no estás sola. Por suerte siempre queda algo de calor en alguna parte.
-¿Por qué?
-Demasiado duro el invierno, Noah.
Y qué voy a decir ahora. Me encantaría decir la verdad, que tengo que pasar por ésto porque no me queda otra y que, como siempre, cuando todo esto acabe, seré un poco más fuerte. Pero no puedo. Hoy es domingo, hoy es Diciembre, noche cerrada y, demasiado duro el invierno. Qué le voy a hacer.
Aunque, si de paradojas hablamos, me gustaría averiguar qué dulce milagro hará que mañana abra los ojos sabiendo que el invierno no se ha ido y muriéndome por besar sus labios de escarcha.
Y volvemos al mismo sinsentido de siempre.
Un invierno que me destruye y me mantiene respirando,
para ver cómo el vaho, al menos,
sí sabe hacerle el amor.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Mentira número 130: O, to, ños
Os prometo que llegué a casa hace una hora, con el único propósito de dormir. Pero claro, luego me perdí en la poesía y aquí estoy, a unas horas en las que mi cabeza ya debería estar en off, volando entre los por qués que llevan mis pájaros pintados en el lomo.
No sé, no sé, no sé. No sé dónde está mi fuerza, si se me escapó por la boca o vivió por ella, como los peces. No sé qué hago aquí -ni qué haces tú, que no estás conmigo, pero eso es otra historia-. No sé qué significan las lágrimas en blanco ni sé exactamente qué necesito. Por saber no sé ni qué escribir, cuando hace una hora, mientras caminaba entre la noche helada de Madrid, mi cabeza sólo fabricaba palabras y esperaba poder llegar a casa para poder plasmarlas. Pero claro, luego me perdí en la poesía y aquí estoy, marcándome un bis.
Aunque, curiosamente sí recuerdo una frase, quizás porque justo después de vomitarla he mirado a la única estrella que la polución de esta puta cuidad deja dibujarse en el cielo. Decía algo así como
No sé, no sé, no sé. No sé dónde está mi fuerza, si se me escapó por la boca o vivió por ella, como los peces. No sé qué hago aquí -ni qué haces tú, que no estás conmigo, pero eso es otra historia-. No sé qué significan las lágrimas en blanco ni sé exactamente qué necesito. Por saber no sé ni qué escribir, cuando hace una hora, mientras caminaba entre la noche helada de Madrid, mi cabeza sólo fabricaba palabras y esperaba poder llegar a casa para poder plasmarlas. Pero claro, luego me perdí en la poesía y aquí estoy, marcándome un bis.
Aunque, curiosamente sí recuerdo una frase, quizás porque justo después de vomitarla he mirado a la única estrella que la polución de esta puta cuidad deja dibujarse en el cielo. Decía algo así como
"me gusta el otoño porque,
al ver cómo caen las hojas
siento que al menos
tendré compañía en el suelo"
(tampoco convendría preguntarse el por qué de éste verso)
domingo, 17 de noviembre de 2013
Mentira número 127: Educación para las agonías
Me despierto cada mañana -sin tener en cuenta que mis ojos hacen todo lo posible porque ocurra todo lo contrario-, y me visto, y me peino y me arreglo. Y todo esto para saber que la segunda declinación tiene una variante neutra, que Gonzalo de Berceo es literatura medieval y que descendemos de los monos. Para entender que la x siempre pasa con signo contrario, y que Sócrates sólo sabía que no sabía nada. Todo esto para aprenderme el año de las revoluciones bolcheviques y las colonias inglesas. Para descubrir que morning y mourning no significan lo mismo, pero se pronuncian igual. Para correr hasta ponerme roja y saber lanzar el balón.
Aún así, me acuesto cada noche, despeinada y con las fuerzas bajo cero, sin entender por qué el odio está tan presente, y cómo puede ser que el invierno duela tanto. Sin calcular a qué hora puede que vuelvas y sin saberme las desinencias de una saliva que desinfecte la mía. Sin comprender el significado de la palabra quizás, y sin descubrir qué llevo dentro que me pesa tanto. Aún así me acuesto cada noche sin que mi corazón haya hecho nada de deporte, y sin ser capaz de construir oraciones sintácticamente correctas que digan que en mi cama hay un hueco equis elevado a ocho por cuatro partido de equis más grande que ayer.
Aún así pasan los días y siento que cada día entiendo menos de todo ésto.
Así que dime tú para qué les obligo a mis párpados a levantarse cada mañana, si quince horas después mi vida va a apagarse teniendo mil veces más dudas que veinticuatro horas antes.
Dime de qué sirve todo ésto, y dime cómo me puedo escapar de aquí.
Aún así, me acuesto cada noche, despeinada y con las fuerzas bajo cero, sin entender por qué el odio está tan presente, y cómo puede ser que el invierno duela tanto. Sin calcular a qué hora puede que vuelvas y sin saberme las desinencias de una saliva que desinfecte la mía. Sin comprender el significado de la palabra quizás, y sin descubrir qué llevo dentro que me pesa tanto. Aún así me acuesto cada noche sin que mi corazón haya hecho nada de deporte, y sin ser capaz de construir oraciones sintácticamente correctas que digan que en mi cama hay un hueco equis elevado a ocho por cuatro partido de equis más grande que ayer.
Aún así pasan los días y siento que cada día entiendo menos de todo ésto.
Así que dime tú para qué les obligo a mis párpados a levantarse cada mañana, si quince horas después mi vida va a apagarse teniendo mil veces más dudas que veinticuatro horas antes.
Dime de qué sirve todo ésto, y dime cómo me puedo escapar de aquí.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Mentira número 126: Noviembre eterno
Un fin de semana que calma las heridas de cinco días previos destructivos. Cinco de la madrugada, plena noche madrileña, luna casi llena -como yo-, y nubes. Un cigarro ámbar que pare el humo blanco que, tras ser respirado por una tráquea en ruinas, se confunde con el frío de Noviembre. Un Noviembre áspero, donde los haya. Giros inesperados, cambio constante, gritos, lágrimas, sonrisas que surgen por pura necesidad ante el caos de mentes metamórficas y perdidas. Muy, perdidas.
Es el invierno, asumido. Es la niebla helada y esa sustancia incorpórea y pura que se agarra a mi pecho en esta estación. Líneas torcidas, al escribir y al caminar, erupciones necesarias del alma.
Es el invierno, asumido. Es la inmensidad del frío. Son recuerdos que frenan y a la vez impulsan, al vacío quizás. Una azotea cargada de la intimidad al seno de la noche, aunque hablando hoy un poco más desde dentro, y no hacia fuera.
El viento que mece la hoja en la que escribo acompañándome, quizás para enseñarme que, incluso absolutamente sola, la soledad nunca es absoluta. Eso me da fuerzas.
Es el invierno, asumido. Es la niebla helada y esa sustancia incorpórea y pura que se agarra a mi pecho en esta estación. Líneas torcidas, al escribir y al caminar, erupciones necesarias del alma.
Es el invierno, asumido. Es la inmensidad del frío. Son recuerdos que frenan y a la vez impulsan, al vacío quizás. Una azotea cargada de la intimidad al seno de la noche, aunque hablando hoy un poco más desde dentro, y no hacia fuera.
El viento que mece la hoja en la que escribo acompañándome, quizás para enseñarme que, incluso absolutamente sola, la soledad nunca es absoluta. Eso me da fuerzas.
Las incomprensibles, intrínsecas y necesarias
fuerzas de las noches de invierno.
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