Val miraba cómo el sol se escondía, como con envidia, como con el alma. Yo la miraba a ella y sabía que pensaba, que pensaba mucho y muy fuerte y en silencio, quizás en todo lo que hemos crecido de repente, quizás en que no nos apetece crecer más. Y el sol seguía escondiéndose despacio y yo la miraba, yo la miraba porque a veces se convierte tanto en obra de arte que no me atrevo a apartar los ojos de ella porque siento que en un descuido de estos se me va a caer la vida. Con la suya o no, a lo mejor ella echa a volar y yo me desplomo, aunque siempre crea que es ella la que cae. Pero yo veo cómo crece cuando el sol se pone. Yo lo vi, estábamos en Madrid y la veía reír como ríe el cielo cuando ella le mira.
Y Lurp reía y Manu pensaba también, y Blanca mataba cosas pequeñas que volaban y fabricaba cosas grandes que vuelan, y por supuesto hablo de los pájaros de nuestras pequeñas cabezas.
No sé, han sido cosas grandes. O quizás no tanto, pero llevaban los colores del atardecer, naranja y amarillo y rosa, un poco de azul y algo de violeta, gris, blanco, y el negro de las sombras, y eso hacía que fueran enormemente bellas y yo las he querido hacer grandes para que al menos me llenen esto de aquí dentro. Quiero decir que aprovechar las lágrimas para empapar las cosas pequeñas y que se hinchen mucho mucho es una táctica inteligente. Y eso es algo que acabo de decidir, con todo el morro y toda la luz del mundo.
Hoy no necesito saber que estoy. Decidir abarcar lo efímero es más suicida que pretender abarcar lo infinito, al menos con lo segundo siempre hay tiempo de soñar que es posible.
No quiero que sea mentira eso de que la felicidad no existe, creo que lo importante está en que me dé igual. Cuando vives atardeceres que desmoronan el concepto de felicidad, que lo transforman, que lo desintegran, que lo desbancan, comienzas a entender ésta como una mera ilusión y adoptas otro sentimiento como estado pleno del alma.
Creo que es la plenitud de la que hablan los amarillos.
"muchachas con el rostro hacia las nubes para que el chaparrón borre por fin las lágrimas" -M. Benedetti
sábado, 17 de mayo de 2014
viernes, 11 de abril de 2014
Mentira número 140: Marzo trae calma
Doce de Marzo. Algo parecido a primavera. La noche es linda y joven, alguien toca la guitarra en el parque de los patos en frente de mi casa. La luna crece, la ventana está abierta, las tardes son eternas y hoy he decidido quedarme en casa. He bailado y ahora Paulo Coelho me da las buenas noches. Mi mente dibuja unos ojos verdes en mi cama, mi cuerpo pide él, mi mente pide algo que no es amor pero sabe a estrella. Pienso en todo lo que sufrí. Pienso en qué color tenía mi sangre unos meses atrás. Pienso en todo lo que ha pasado, en todos los que se han ido y en ese tarro en el que pone "future" que ahora está vacío porque vivo deprisa. Tú me das las buenas noches y yo me conformo con saber que soy libre.
Todo esto consiste en saber ser en la medida justa, el tiempo justo y de la manera precisa. A veces el cielo acompaña, a veces los acordes se clavan como dagas. A veces toca hundirse y otras toca una rumba de color rojo. A veces toca mirarla a los ojos y decirla lo mucho que la echo de menos, a veces toca bajar la mirada y notar cómo él llora por dentro. A veces la casa se queda pequeña y ya no sé ni lo que escribo, otras las mañanas son imposibles y los martes no existen.
Ordenarme los pensamientos es tan probable como ordenarle al sol que se nos caiga en el cielo de la boca, y que obedezca. Simplemente necesitaba que este torrente de palabras mal dichas, escritas y pensadas, abandonara por fin mi boca, que creo ya necesita llenarse de poesía. y besos.
Mi mente descansa de amor, muerte y felicidad. Tan sólo se llena de agua con sal y rompe en forma de olas contra las paredes de mi cráneo. El pecho está dormido y mis dedos hoy quieren salir a pasear.
Hoy es doce de Marzo, y es primavera. Primavera. Me toca lidiar con ella otro año más. Intentaremos hacernos el menor daño posible, sabe que si me hace daño la convertiré en invierno, y sé que las flores no lo podrían soportar.
Es la una y media de la noche, yo deliro, y el mundo ahora es entero mío.
Todo esto consiste en saber ser en la medida justa, el tiempo justo y de la manera precisa. A veces el cielo acompaña, a veces los acordes se clavan como dagas. A veces toca hundirse y otras toca una rumba de color rojo. A veces toca mirarla a los ojos y decirla lo mucho que la echo de menos, a veces toca bajar la mirada y notar cómo él llora por dentro. A veces la casa se queda pequeña y ya no sé ni lo que escribo, otras las mañanas son imposibles y los martes no existen.
Ordenarme los pensamientos es tan probable como ordenarle al sol que se nos caiga en el cielo de la boca, y que obedezca. Simplemente necesitaba que este torrente de palabras mal dichas, escritas y pensadas, abandonara por fin mi boca, que creo ya necesita llenarse de poesía. y besos.
Mi mente descansa de amor, muerte y felicidad. Tan sólo se llena de agua con sal y rompe en forma de olas contra las paredes de mi cráneo. El pecho está dormido y mis dedos hoy quieren salir a pasear.
Hoy es doce de Marzo, y es primavera. Primavera. Me toca lidiar con ella otro año más. Intentaremos hacernos el menor daño posible, sabe que si me hace daño la convertiré en invierno, y sé que las flores no lo podrían soportar.
Es la una y media de la noche, yo deliro, y el mundo ahora es entero mío.
lunes, 17 de marzo de 2014
Mentira número 139: "Lunes. Cuesta(s)"
A veces lo más difícil de todo es el balance entre lo que merece la pena y lo que vale cuando no está. Cuando tus dedos se han aferrado tanto a algo que lleva la huella de tus manos, es duro ver cómo se aleja.
Un día me contaron que si escondes el corazón no pueden agrietártelo. Y yo fui tan asquerosamente gilipollas que me lo tragué de lleno. El corazón se agrieta sólo, joder, lo que ellos te agrietan es la coraza. Lo que ellos ven de ti es cómo pasas de todo, cómo todo da igual y está de más, cómo te encierras de ojos para dentro y te llueves a solas. Pero nadie (casi) entiende que debajo de todo el gris hay un escarlata que se muere por encontrar unas venas por las que sangrar. Éste rascacielos de hormigón tiene cimientos de papel mojado, las noches son muy largas y la cama es muy fría y muy grande. Pero nadie mira atrás porque tú no miras atrás, y tú no miras atrás porque a veces duele. Lo más curioso es cómo se toman la exquisita libertad de hacer como si supieran lo que se cuece aquí arriba. Los más dolorosos son los "pensé que no sentías nada".
Sí
siento
cosas.
Siento el miedo que sentís todos y la rabia cuando veo al cielo estampándose en mi cara. Siento el mismo deseo por unos ojos marrones que beberme a morro, siento la misma impotencia por las mañanas y el mismo frío en los inviernos. Siento una felicidad que se alimenta de sonrisas transparentes y un verano de vez en cuando las pupilas. Siento también a veces las manos de la soledad en el cuello, acariciándome el pelo o deambulando por mis piernas. Y, sí, siento la misma tristeza que vosotros sentís cuando veis el final de algo que, hasta entonces, os mantuvo con un poquito de aliento.
Pero lo que a veces no siento nunca, es ser el pájaro que soy.
martes, 4 de marzo de 2014
Mentira número 138: Trozos
Abrir los ojos. Maldecir al cielo para luego pedirle perdón en cuanto cruzas el umbral que te separa del frío. Las calles, las luces, el amanecer, los raíles, las caras, las historias, los pasos. Caminar cuando aún estás dormida. Abrir los ojos y cerrar el entendimiento, mientras la conciencia se despereza y la mirada clavada en la pizarra hace que te preguntes qué haces ahí, y por qué tienes que estar ahí sólo porque alguien hace años dictara que así tendría que ser. Te preguntas por qué tenemos ya la vida escrita y la libertad encadenada. Pelearse contra la necedad, sacar las uñas ante la injusticia mientras miles de juicios injustos se desenvuelven en frente de tus ojos. Soñar que puedes cambiar el mundo, soñar con el fin de la opresión del pensamiento y el vuelo del alma y la cultura. El timbre, el abrigo, la calle, el parque, utilizar la estupidez para fabricar una felicidad que se hará verdadera por sí misma, quizás por inercia. Fabricar también fuerzas para volver a atarse la bola maciza de hierro a los pies, y pasar las hojas del tiempo perdido, mal aprovechado. Hojas repletas con desgana, hojas escritas con pasión, con exilio, hojas escritas con curiosidad, ambición, interés. Los chicos, las miradas, las sonrisas reprimidas porque hay demasiada gente alrededor, la imaginación que vuela, los gestos, los espejos, la adrenalina, la carcajada, la comodidad entre el mar de espinas. El timbre, el abrigo, la calle, los raíles, los pasos, volver al calor, la armadura que se desarma, el día que sigue, la desgana, las ganas, el sueño, los sueños, la espera. Algo dentro de ti busca casi sin que te des cuenta ese pequeño trozo de libertad entre el gris del pavimento, algo echa a volar y por un rato se concentra en las pequeñas pinceladas por las que, al fin y al cabo, no siempre mantienes los pies en la tierra. Gota a gota, el agotamiento, el deber, las cadenas, las canciones, el hogar, las luces. El color del cielo que pesa cada vez más y deja paso a las luces de las farolas como pequeñas bolas de confidencias en la oscura y salvaje muerte -vida de la pasión negra-. Los ojos que se cierran, la mente que se abre, los dedos que caminan entre las sábanas, el sueño, los sueños, el sueño, el fondo cada vez más tangible, la fuerza que se agota.
La rutina.
La rutina.
viernes, 21 de febrero de 2014
Mentira número 137: Nada
Quizás la delgada línea que me separa del abismo sea preguntarme en qué preciso instante todo comenzó a cambiar. A torcerse, a serpentear, diría yo, a agrietarse. En qué momento la inocencia abrió los ojos, o los cerró para siempre.
No me atrevo a saltar. No es miedo, es que el ala sigue rota. Es que no quiero estamparme contra el suelo hoy, que tengo al viento a mi favor.
Cada día se me clava un "no espero que me entedáis" en el costado, pero ya llegarán los anocheceres infinitos y las noches repletas de velas.
No me atrevo a saltar. No es miedo, es que el ala sigue rota. Es que no quiero estamparme contra el suelo hoy, que tengo al viento a mi favor.
Cada día se me clava un "no espero que me entedáis" en el costado, pero ya llegarán los anocheceres infinitos y las noches repletas de velas.
jueves, 23 de enero de 2014
Mentira número 136: Jueves con A de suicidio
Necesito que te vayas.
Necesito que te vayas.
Por favor.
Necesito
de verdad
necesito
que te vayas.
Necesito que entiendas que fuiste más de lo que me cabe aquí dentro. Necesito que comprendas que me desgarraste todo el corazón, entero, que aquellos jirones ahora son los dedos con los que escribo que, desde lo más hondo de mi alma, necesito que te vayas. Necesito que me dejes avanzar y no soporto que te plantes otra vez enfrente de mis ojos a interpretar ese odioso papel. Tú bajaste el telón y yo me quedé a oscuras en el escenario, pero salí corriendo, entre bambalinas me tropecé una y mil veces con las ruinas del atrezo mojado de una mala tragicomedia de amor-odio con tira y afloja. Y salí del infierno de tus ojos, y ahora vuelves a mirarme como el que mira la peor obra de la historia desde la última fila del anfiteatro. Pero yo necesito que te vayas. Porque no soporto un dardo más, ahora que estaba consiguiendo borrar la diana que pintaste en mi corazón con el negro de tu pelo. No eres tú, es lo que has hecho de mí. Es en lo que me has convertido. No es que me rompieras el corazón, es que afilaste cada pedazo y ahora a ver quién es el valiente que se atreve a rozarlo siquiera.
Tú y tu facilidad para negativizar las fotografías en positivo, esas que saqué en tu cama mientras te miraba por dentro. Tú y esa infernal habilidad que tienes de hacer que tirite del frío hielo que arrojas cada vez sobre mi cabeza. Tú y la ruina que siempre traes de la mano. Tú y una sola plegaria con tu nombre, una sola petición, un solo anhelo.
déjame respirar
Necesito que te vayas.
Por favor.
Necesito
de verdad
necesito
que te vayas.
Necesito que entiendas que fuiste más de lo que me cabe aquí dentro. Necesito que comprendas que me desgarraste todo el corazón, entero, que aquellos jirones ahora son los dedos con los que escribo que, desde lo más hondo de mi alma, necesito que te vayas. Necesito que me dejes avanzar y no soporto que te plantes otra vez enfrente de mis ojos a interpretar ese odioso papel. Tú bajaste el telón y yo me quedé a oscuras en el escenario, pero salí corriendo, entre bambalinas me tropecé una y mil veces con las ruinas del atrezo mojado de una mala tragicomedia de amor-odio con tira y afloja. Y salí del infierno de tus ojos, y ahora vuelves a mirarme como el que mira la peor obra de la historia desde la última fila del anfiteatro. Pero yo necesito que te vayas. Porque no soporto un dardo más, ahora que estaba consiguiendo borrar la diana que pintaste en mi corazón con el negro de tu pelo. No eres tú, es lo que has hecho de mí. Es en lo que me has convertido. No es que me rompieras el corazón, es que afilaste cada pedazo y ahora a ver quién es el valiente que se atreve a rozarlo siquiera.
Tú y tu facilidad para negativizar las fotografías en positivo, esas que saqué en tu cama mientras te miraba por dentro. Tú y esa infernal habilidad que tienes de hacer que tirite del frío hielo que arrojas cada vez sobre mi cabeza. Tú y la ruina que siempre traes de la mano. Tú y una sola plegaria con tu nombre, una sola petición, un solo anhelo.
déjame respirar
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